Italia (Parte 7-Firenze)
Me he demorado más en terminar esta crónica que el viaje mismo, pero bueno, me agarró la nostalgia hoy, y aquí va:
Antes que nada, hay que hablar del tan recordado Samuele, nativo de la ciudad de las flores e hincha foribundo del Napoli alguna vez campeón con el “Pelusa”, logró aprenderse nuestros 50 nombres en unos 3 días, además de ganarse el cariño de todos. El señor “autista” (no se lo tomen mal, así se dice “chauffer” en italiano) lograba manejar ese monstruoso y moderno aparato que nos contenía y atrapaba con una destreza sin igual. Además de aguantarnos y echarnos unos cuantos chistes, comía con nosotros y a veces se nos pegaba a uno que otro paseo. Se sintió raro el día que descansó y nos fuimos de paseo con “autista” de repuesto. Y en fin “Siete, veramente speciali, mi mancherete” entre lágrimas, sacó las nuestras también. Se le recordará señor.
Ya para entrar un poco más al relato en sí, les comentaré que “Ese que le puso Florencia a la capital del Caquetá si le faltaba algo en la cabeza” y a pesar de que nunca he tenido la oportunidad de visitar tierras del Caquetá, estoy seguro que nada se compara con la belleza del capoluogo Toscano. Al llegar en la noche, luego de un largo viaje desde Venezia, con escalas en Padova y Bologna, proseguimos a ubicarnos en nuestro hotel. El hotel, holia como el apartamento de mi abuelo, contaba con solo dos miembros de personal (que se repartian las tareas de recepción, cocineros, meseros, etc., etc.), se ubicaba cerca del Arno, por lo que etaba algo lleno de mosquitos y además, claramente o era un burdel o estaba al lado de uno (o si no que las viejas de la esquina “Ciao bello, voui venire?” se lo digan). Los cuartos estaban apeñuscados, eran frios, con camas tiesas o en las que tocaba nadar, el baño… ¿Había baño? yo nunca lo encontré…
Toda la ciudad estaba reservada, por lo que tuvimos que conformarnos con las habitaciones, pero al menos logramos cambiar los almuerzos y comidas a un restaurante de nombre “Dante e Beatrice” y abstenernos de alimentarnos en el tétrico comedor del hotel. Pero en fin, no íbamos a dejar que eso nos arruinara el paseo. Verán ustedes ha pasado ya tiempo desde la visita a aquel hermoso lugar, así que si no recuerdo o equivoco algún nombre, sabrán disculpar. Firnze es una ciudad que cuenta con más plazas que habitantes y cada una es más bonita que la anterior, así que uno no se puede quejar de nada. Si no estoy mal, la primera que visitamos fue “Piazza della signoria”, para luego pasar por unas dos o tres más de las que honestamente no me he podido acordar el nombre. Por el primer lado donde estuvimos, había una catedral, que por acá tiene su encanto de contener las tumbas de los más grandes artistas y pensadores italianos, que normalmente sucedieron ser fiorentinos, o al menos toscanos. Entre dichos están Niccolò Macchiavelo, Michelangelo Buonarroti, Galileo Galilei y un monumento fúnebre especial al mayor exponente de la literatura italiana, Danta Alighieri (quien por cuestiones guelfas y ghibelinas está enterrado en Ravenna). Quedamos libres, un rato, paseamos por toda Firenze (lo que no toma más de media hora), cruzamos ambos puentes sobre el Arno (Vecchio y Nuovo), a López casi le clavan un cuchillo difamándolo por ladrón, pero el muchacho supo manejar la situación. De noche, pasamos por más plazitas, en una tocaba “Gipsy Show Romania!” que vendía sus discos a 15 Euros (Juemadre, ni carátula tenían y por ese dineral los vendían). Cerca al Palazzo Vecchio, donde se encuentra la réplica del David y una estatua de Neptuno si no estoy mal, o en Santa Maria del Croce, al lado de la estatua de Dante, nos reuniamos y cogiamos camino a “Dante e Beatrice” donde un grupo de excursiones colegiales nos esperaba para quedarse mirándonos y que nosotros nos quedáramos mirándolAs sin musitarnos palabra (porque eran como noruegas algunas, otras alemanas y en fin, mi poliglotismo -desafortunadamente- no cubre esos lares). Y de por Dios, ¿Cómo uno va a Firenze y no se pasa por la Galleria Degli Uffizi? Uno no estaría cuerdo. Aunque nuestro guía tenía algún problema pulmonar, que no pudo ser arreglado nisiquiera repartiéndonos audífonos, y que por ende no se haya escuchado nada de la explicación, allá están el David, La Primavera, La Venus de Boticelli y una infinidad de cosas más, que una sola vida no es suficiente para contemplar. ¿Cómo podría posiblemente relatar la experienca en la città dei fiori sin mencionar el percance más recordado de todo el paseo? Mientras algunso bebíamos -gratis, por cierto- Cubalibres en el bar de algún salvadoreño (y el enano hacia unas cuantas cosas y otras cuantas más con la hija del señor del bar) otros caminaban tranquilamente buscando que más comprar, otros (el centro de esta historia) tomaban y tomaban, quien sabe donde, shots de Tequila. A la hora de la comida, “ni se puede parar éste hijuemadre” susurrábamos preocupados, “ahora sí nos lleva la que nos trajo. Quasi paro hepático dejó al señor Salgado en el hospital toda la noche, a los demás un poco más alegrones que nosotros y a la Señora Ambrosi saliéndole humo por los oidos. Sin embargo, todo pasó, todo se fue, queda en el recuerdo (o no), de todos. En fin, para no acabar con eso la historia, lo puse por la mitad.
La iglesia más importante de la ciudad es el conocido “Duomo” que se llama oficialmente “Santa Maria del Fiore”, su cúpula, construida por el popular Brunelleschi es el símbolo de la ciudad, ya que evidentemente destaca de todos los demás edificios. Su batisterio casi perfecto (digo casi, solo porque nada lo es)adornado increiblemente, le hace dar a uno ganas de bautizar a alguien, lo que se planeó, pero no se llevó a cabo. “Yo no sabía que el campanil fuera tan alto” me dijo un profesor mientras lo mirábamos desde una esquina de una calle cercana, me quedé atónito, “Ehm, córrase un poquito para acá” me aconsejó el profe, lo hice y “Juemadre ¿Es todavía más alto?”. Y bueno, para no alargarme más, una pequeña muestra de buenos recuerdos de la ciudad, como cuando Gonzo casi me parte por haberlo asustado mientras él caminaba solo, los picaditos con la bola de tennis fuera del hotel, el “yo no confío en el man de acá ¿Me despiertas tú? ” que lo hacía a uno despertarse algo más temprano, la conferencia de teología soñada por el señor López, la escalada en Palazzo Pitti, “Esa gringa nos está mirando” en Piazzale Michelangelo, la vez que las comensales en Dante e Beatrice trataron de violarnos y por alguna extraña razón no prodsiguieron, el “le pago 10 Euros, ¡Pero déjeme usar el baño ya!” y claro, el pan sin sal, la pasta sin sal, il “Un po’ di formaggio?” y el “No, sale per favore” y por supuesto, la corrida tan hijuemadre que me pegué para poder llamar a una buena amiga (que espero sepa apreciar).
Gracias, continuaremos… algún día.
(Disculpen, pues éste post sale sin mayor organización ni planeación, pero ese cúmulo de emociones que fue estar allá, no es descriptible)



