Fast Fight
Ya era Domingo, no cualquier Domingo, ese Domingo. Finalmente me enfrentaría a Esperanza, por el título mundial. Tantas noches en vela, golpeando hasta el cansancio, hasta la inconsciencia, por fin verían su premio. Tantos golpes, tantas narices rotas, tanta sangre tendría algún sentido. El gran estadio de la ciudad estaba lleno a reventar, todas las apuestas por el campeón y este campirano de “golpes rápidos pero débiles” se escondía tras un 60-1. Esa noche, como todas las noches, no pude dormir, pensando en la gran pelea, imaginando todos los posibles resultados, analizando en mi cabeza los famosos movimientos de mi contrincante. Al amanecer, no pude frenar mi ayuno, mi estómago se retorcía y mi garganta lo último que pedía era comida. Seguí esa tarde ejercitándome, saltando, golpeando y gritando. Tenía que ganar. No me perdonaría una derrota. Llegaron por mi, todos alegres, confiados, ayudándome. Todos esos falsos que apostaron en contra, me masajeaban, me dirigían palabras de confianza, mientras dentro, se reían, sus codiciosos corazones se reían. Fuimos recorriendo el túnel, despacio, entre todas las luces y todo el bullerío, Me acerqué, subí al ring, estaba preparado. Sudaba como si hubiese peleado doce rounds y la pelea aún no comenzaba. Nos anunciaron, por allá el gran campeón, boricua él, Johnny Esperanza, aplaudido, alabado, transpiraba seguridad; por acá, este pueblerino, este provinciano, confundido, enceguecido, aturdido por la multitud, solo, con un sueño, solo un sueño. Lo miré, sus ojos transmitían una tranquilidad tan serena que preocupaba, su expresión me miraba desde lo alto y hasta su postura me aterrorizaba. Comenzó el primer round, llegó de inmediato un gancho a mi quijada, respondí con un uppercut, así continuamos todo el round, un golpe él y otro yo. El segundo round se lo llevó él, el tercero yo, en el cuarto no hubo decisivo ganador. En el banco, más de una vez pensé en tirar la toalla, pero no podía, simplemente no podía, las imágenes de mi pequeño terruño me llegaban de repente, mi mamá, mis hermanos… no podía perder. En el quinto round salí decidido a ganar, pero el campeón también. En treinta segundos me tumbó al suelo. Mi cuerpo no resistía más, mi rostro estaba a punto de estallar y la ausencia de toda la sangre perdida comenzaba a hacer presencia. En el suelo, mientras todos aplaudían y vitoriaban. Comencé a ver entre las caras de aquellos que deseaban mi estado comatoso, una visión, la visión de una casa, de esa que le había prometido a mi familia. “¡Levántate!” me dije y buscando fuerzas de donde no tenía, rehusando ya a luchar con el cuerpo y peleando solo con el corazón, me levanté y lancé un jab. Todo se puso blanco, brillante, extraño. Me parecía volar, desprenderme de mi futil cuerpo, elevarme al infinito.
A toda velocidad me trajeron hasta aquí, me contaron, entre penetrantes ruidos azules y rojos, hasta este sitio blanco. Blanco, tan blanco que hiere los ojos. Aquí, acostado, inerte, espero que alguien venga por mi.



