El Señor Director de la inminente revista de actualidad y opinión “Días” llamó sorpresivamente a mi casa hace unos días. Digo ’sorpresivamente’, no solo por el hecho de escuchar a tal eminencia, tampoco solo por el hecho de que regularmente únicamente lleguen dos llamadas por semana a mi humilde residencia, pero sí también y particularmente por el hecho que el requerido por el otro lado del cable era yo, cosa no solo inusual, sino surreal. El “Doctor Martínez”, como su secretaria me lo presentó y a quien a partir de ahora nos limitaremos a llamar “Pacho” (pues médico, no es), me llegó con noticias igual de impactantes al hecho de su llamada. A su parecer, yo venía siendo una de las mayores revelaciones en la literatura a nivel nacional sub-20 y , después de afirmar y reafirmar repetidamente su respuesta negativa entorno a mi curiosidad sobre su abuso de substancias psicotrópicas y similares, me encomendó escribir un cuento para su prestigiosa publicación. No sé muy bien a que horas me volví cuentero, pero Pacho insistió y, con detalles más y detalles menos, me dijo algo así:«Mi chino me mostró unos trabajos suyos y me maravilló, ala.» Era verdad, yo conocía a su hijo, Pachito Martínez desde hace un tiempo y hace unos días le había regalado una corta storiella. Qué cosas de la vida. Prosiguió la conversación:
- Ala, yo le pagaría buen billete chino , hágale, no tiene nada que perder.- Me dijo , quizás no con esas mismas palabras… mi memoria necesita Potasio, o Selenio, o Ritalina o como se llame eso que le hace a uno acordarse de las cosas. En fin, accedí a escribir el cuento, algo confundido, curioso, porque necesitaba la plata y sobretodo porque el señor éste me había sobreinflado el ego.
Decidí ponerme a trabajar de inmediato, pero mis ocupaciones varias, que consisten básicamente en mirar al techo, me lo impidieron. Entonces pensé que podría apropincuarme a la casa de Pacho al día siguiente, ya que él me había invitado, que la curiosidad se irrigaba por mis venas y que la falta de inspiración me abrumaba. Me levanté temprano y acercándose las tres de la tarde llegué a su morada, que, para mi sorpresa, era blanca. Era algo estrecha, pero contaba con varios pisos, seguramente el único ejercicio para el que disponía de tiempo el Señor Martínez era el de ir al baño, y quería aprovecharlo al máximo, pues como luego me di cuenta, solo había un vespasiano y estaba enclaustrado en el último piso. Mi mente, como ya les he contado, había venido fallando desde hace un tiempo y había olvidado que la gente normal como él, con trabajos de verdad y en días como ese, normalmente no se encontraban en la casa a esas horas. Me recibió en la puerta una señora ya entrada en edad, de baja de estatura y vestida en un uniforme rosado, quien me advirtió sobre la ausencia de Pacho.
- ¿Y no viene a almorzar?- Le pregunté con la esperanza de obtener algo de comida, ya que mi cabeza se había acordado subitamente que mi cuerpo necesitaba combustible para mantenerse en pie.
-Ya vino… y ya se fue.- Me respondió ella secamente.
Dentro olía a ajiaco, yo miraba a todos lados y buscaba alguna ingeniosa forma para que me dejase entrar.
- ¡Espere, espere!- Dijo ella repentinamente- ¿Sumercé es el escritor ese?
Algo rugió en mi estómago.
- ¡Sí, sí! Escritor soy.
- Usté sí es ese… ese… ¿Cómo era?… ese Señor Mup?
En efecto mi nombre es Mup (no lo fue siempre, pero esa es una larga historia que no entra al caso), por lo que asentí y la mujer de rosado me hizo seguir.
- Siga, siga, el Dottor Francisco dijo que si venía usté lo dejara pasar. Y pues usté ya está aquí, siga entonces. Pachito y doña Martina no están… pero mmm… siga siga, siéntese y espere.
- Muchas gracias, discúlpeme, ¿cómo es su nombre?
- Rosa, Rosa, muchos gusto.
- Gracias Rosa, un placer.
Rosa me condujo dentro de la casa y luego de subir escalones incontables, me hizo sentar en un sofá blanco. «Éste man es traqueto» pensaba yo.
- El Doctor Francisco me dijo que lo hiciera seguir y que lo llamara a la ofician a avisarle. Y mire usté como son las cosas, ya que sí vino sumercé, lo voy a llamar.
- Es todo un visionario él, ¿no?
- Sí, sí, sin duda, espéreme aquí, voy a llamarlo.
- Espere, espere, primero dígame ¿qué es ese olor tan exquisito que percibo?- es verdad, no tengo verguenza.
- ¡Ahh! Es un ajiaquito que está preparando mi hija Flor… ¿quiere un poquito?
- Pues… si no es molestía.
- ¡Claro que no! Ya le mando a traer- dijo Rosa y se retiró apresurada llamando a su hija.
Yo quedé entonces más pensativo a causa de la original relación nominal “madre-hija/Rosa-Flor” que en la palabra “hija”. Claro, eso cambió apenas apareció Flor con el ajiaco, no fue solo porque la sopa santafereña estuviese deliciosa (aunque eso quizás haya ayudado bastante), fue porque esa muchacha Flor era una niña muy bonita, por no decir más. Era morena, tenía unos ojos negros negros fulgurantes y penetrantes, un poco rasgados también, tenía una sonrisa perfecta que hacía que todo lo que la circundaba se envolviera en un remolino y desapareciera apenado por no poder ni compararse con ella. Tenía pelo largo, sedoso, liso y negro, de ese que uno quisiera poder acariciar toda la noche y de una suavidad sobre la cual uno quisiera poder dormir. Era una cara hermosa, no hay duda, de esas por las cuales los generales regalan a veces países de cumpleaños. De lo demás ni hablemos, pues los niños me pueden leer y me puedo meter en problemas con sus progenitores y realmente, aunque la censura sería lo mejor que me podría pasar por ahora, no estoy de ánimo para pelear con padres de familia. Comencé a hablar con Flor, a halagar su cocina y a preguntarle sobre su vida. Ella- que para mi sorpresa y alegría, también contaba con una voz muy dulce- me contó como acababa de llegar a la capital desde un pueblo del norte, como no conocía nada ni a nadie en la ciudad y como se la pasaba todos los días ayudando a su madre a “hacer oficio” en la casa Martínez. Yo le conté sobre mi vida, sobre como yo era un famoso escritor, como todos los grandes círculos literarios me andaban buscando y como aún no había podido desarrollar mi poesía, pues aún no encontraba una musa. Esa imaginación que me dieron de pequeño algún día me tuvo que servir. Ella me creyó, y no solo eso, aunque yo hablaba de forma grandilocuente y pretenciosa ella siguió todas mis intervenciones intelectualoides con interés y aportándome increíbles comentarios cada vez. ¡Qué descubrimiento mi querido Mup-et!
Yo no sé mentir señor lector o señora lectora, algo extraño comenzó a verificarse en mi cuerpo, variedades de químicos y cadenas de letras subieron a mi cabeza, dopando mi cerebro y acelerándolo. El incremento en mi actividad corporal requirió un aumento de alimento y flujo por parte de la sangre, por lo que mi corazón comenzó a palpitar desenfrenadamente, casi queriendo escapar de mi pecho e irse al lado de esa mujer ¿Y quién no querría estar lo más cerca posible a esa niña? Logré contener mis diástolas y sístolas de alguna forma y continuamos charlando.
Rosa al parecer había olvidado que yo andaba por ahí y al pasearse cerca mío exclamó:
- ¡Ay! ¡Verdá que usté está por acá! El Doctor Martínez me dijo que está hasta el cuello de papeles, que depronto hoy no puede llegar muy temprano, ¿por qué no vuelve mañana?
- No Rosa, no se preocupe- le respondí, y mirando los ojos de Flor proseguí- Yo aquí me quedo toda la noche.
Rosa no vio mayor problema, siendo invitado especial de Pacho y entreteniendo a su hija, yo tampoco veía gran problema en quedarme. Y entonces, me quedé. Rosa dijo que iría a hacer algunas compras y que volvería en una hora aproximádamente. Ahora que lo pienso, quizás no contrataría a Rosa para ocuparse de mi casa, es un poco descuidada.
Comencé a preguntarme si Pachito no habría hecho algo con esta damisela hermosa, el Francisquito tiene su buena fama entre las mujeres… pero «¡Calla puerca, puerca mente! ¡Estás ahora tú con ella!»
En fin, estábamos Flor y yo, riendo, sonriendo, mirándonos a los ojos y acercándonos poco a poco. Señor lector, espero me entienda, ella me gustaba, ella me encantaba, me exaltaba; sus ojos llameaban, se apagaban, encontraban el Sol, encontraban la Luna, encontraban la lluvia y creaban todas las longitudes de onda imaginables de la luz blanca, de morado a rojo, sí señor. Me estaba volviendo loco por sus ojos y por su hermosa boca, quería besarla, locamente, desaparecer entre sus ojos y acariciarla hasta el fin de mis días. Ella se acercó, yo la abracé, ella me besó la mejilla, yo entonces perdí cualquier rastro de cordura. Aunque estaba algo tímido, decidí por una vez no escribir una historia y vivirla de verdad. Nos besamos, nos besamos hasta que las paredes se derrumbaron, hasta que la casa se dobló por sus escaleras, hasta que el suelo se abrió, hasta que la Tierra implotó, hasta que las estrellas reventaron y solo quedamos ella y yo. Acaricié su cara, abracé su pelo, sostuve sus manos y nos fuimos fundiendo. Qué cosa tan curiosa, no quería estar ni un milímetro separado de ella, yo, que me molesto al sentir la gente respirar cerca mío, no quería dejar de sentir su calor cercano. Acaricié su cuerpo y nos fuimos desvistiendo, ¡Cómo ardía mi corazón! Se había ya escapado ese órgano inquieto, trabajaba en una frecuencia inconmensurable, nos seguíamos besando, nos íbamos amando. Por esa mujer prometía liberar a toda la Bastilla y robarme los tres Davids. Como ya he dicho, esto puede subir de tono, además, la historia de aquí al final es más bien privada, por lo que omitiremos la parte que seguramente el señor lector quisiera saber. Pero así es la vida, dura y penosa.
Rosa volvía de sus compras y nosotros aún desvestidos alucinando el uno con el otro nos apresuramos a acomodarnos y recomponernos. Las paredes cayeron duro desde el cielo y se volvieron a plantar sobre el suelo, dejando una que otra raja por ahí. Como a las personas no les gusta ver a las demás desnudas, pensamos que a Rosa quizás no le gustaría la escena y nos volvimos a poner la ropa. De repente estábamos charlando amenamente en el comedor una vez más. Me acordé del cuento a ser escrito, ¿dónde andarían Pacho y Pachito? ¿Quién era es ‘Doña Martina’ de la que Rosa me había hablado? ¿La mamá de Pachito no se llamaba Gloria? Qué confuso. ¿Y a quién le importan los cuentos, las traiciones de un director de revista o cualquier otra cosa, si apenas había estado con Florecita? En fin, no hablemos más de pólen y hexágonos, o de difracciones de las ondas de la luz. Limitémonos a decir que tuve que desalojar ese lugar, Pacho no iba a ir hasta el día siguiente a su hogar. Yo, más que con gusto me hubiese quedado, pero era ya abusar (no lo sería si Pachito se hubiese asomado, pero no lo hizo).
Señor Director, ya que no hemos podido hablar esta semana, pues como lo ha notado he estado ocupado yendo a Orión y volviendo, le mando aquí el cuento que tan amabablemente me había solicitado y espero que sea de su agrado. De no ser así, en cualquier día podría ir a su casa, para hablar sobre el asunto, entre otras cosas.
E.S.M. (espero)
(Si quiere vender el sofá blanco, a mi casa le quedaría bien un color diferente…)