Bellum Stultum (Bellum Liberum Lupatriae!)
- ¡Lo mataron, lo mataron!- Gritaron detrás mientras Juan halaba a María a la primera trinchera que encontró.
- ¡Volvamos, volvamos!- exclamó desesperada María, ¿Cómo iba a dejar a su hermano desamparado?
- Yo no voy a volver a recoger un cadáver- replicó enérgicamente el Capitán al buscar entre los escombros alguna herramienta para defenderse.
María no pensaba en ella, ni en sus dos compañeros, solo en su joven hermano a quien había jurado siempre proteger. En un descuido de sus camaradas, miró hacía atrás y después de ver esfumado el humo de la última explosión, saltó y se fue a la búsqueda de su adorado Iván. Juan logró aferrarse a su pierna y volverla a su lado, justo a tiempo para que una granada enemiga no le hiciera daño. Sin embargo el fuego cruzado le dio al ingeniero Pérez en el brazo derecho.
- Cariño, está, muerto. Ya… está muerto…- le dijo Juan a su prometida mientras su cuerpo se llenaba de dolor y sus ojos de de lágrimas, había llegado a querer a ese pobre muchacho.
Los tiernos ojos de María se inundaron y miró los de su amado con una gravedad que le partió el alma.
- No está muerto…- murmuró- no, no puede estar, no puede ser…
Un “Mi amor…” se le salió del pecho al ingeniero Pérez, al ver a su amada en ese estado olvidó el dolor de su brazo, pero se le partió el alma y sintió un dolor aún peor. Acercó su mano y acarició la dulce cara de María.
- ¡Está varilla nos servirá!- opinó el Capitán entusiasmado.
Más oportuno no pudo haber sido, en ese momento una bala pasó cruzando los enamorados y el viejo Capitán los exhortó par ir a buscar otro refugio.
- Vamos detrás de esa casucha, seguro ahí no nos pasará nada.- opinó señalando una caseta destartalada que se encontraba al pie de una colina cruzando el riachuelo.
- ¡Pero tenemos que cruzar todo el fuego para llegar allá!- reclamó el ingeniero Pérez.
- ¿Se le ocurre una mejor idea señor licenciado?
- Es ingeniero y dígame ‘Juan’ por favor- respondió el ingeniero enfurecido- mire, vayamos detrás de ese puente- comentó señalando el lado opuesto de la casucha sugerida por el viejo.
- Vamos…- refunfuñó el Capitán ofendido por haber sido su oferta rechazada, pero aceptando que su yerno había encontrado una mejor solución.
Los tres se quedaron observando fijamente su destino, mientras el capitán se aferraba a su tubo de metal y Juan se aseguraba de que María no se quedase atrás, aún si tuviese que arrastrarla. Todos esperaron el momento indicado y, cuando lo creyeron oportuno, corrieron por sus vidas, en medio del camino, Juan volvió a sentir el dolor en su brazo y por más que lo intentó, no pudo resistir más. Le encomendó el brazo de su amada a su suegro y se desplomó en el medio del campo. María se detuvo y trató de arrastrarlo, pero él se resistió y le rogó que se salvase ella antes que nada
- Yo ya llegaré ¡Corre por favor, corre!- Dijo, desesperado.
María lo vio sin saber qué hacer y antes que su padre se la llevara consigo, se acercó a su amado y le susurró al oído “Te amo…”
- ¡Yo también! ¡Con toda mi alma!- repuso él gritando mientras sus dos compañeros se desaparecían ya entre los matorrales cruzando el puente.
El dolor era intenso, como el que causa una bala entre el cuerpo, pero del ingeniero Juan Pérez se escapó una sonrisa al ver que su amada llegaba a la salvación. De repente, el cielo encima suyo se llenó de esa sustancia desagradable llamada plomo. Recordó entonces sus días de soldado, esos que había odiado tanto y que de bueno solo le habían dado a María, recordó su infancia, como jugaba con sus hermanos en la casa materna, recordó su primer beso con María y aquella mágica noche en la que le había propuesto matrimonio, recordó sus días de adolescente desenfrenado y recordó todo el resto. Todo pasaba rápidamente frente a sus ojos. Vio espantado como ambos bandos se iban acercando. En un momento de desesperación, sacó fuerzas pensando en María, y se levantó, en una posición muy incómoda se fue acercando paso a paso al puente, del cual veía desprender una luz divina, sí, la hermosa cara de su mujer, que aún estaba esperándolo. Trató de alcanzarla y cuando iba arrancar a correr, un balazo lo hirió en su brazo izquierdo. cayó al suelo incapaz de moverse, el dolor no le permitía ni pensar. María salir corriendo a ayudarlo, pero el Capitán fue rápido y la retuvo de la cintura.
El fuego ya había cesado, parecía que ya había un ganador, si le podemos decir así, de este genocido. Dos hombres en uniforme militar y con botas de caucho se acercaron a Juan, el corazón de María estaba a punto de estallar, su padre la retuvo con todas sus fuerzas. Uno de los hombres pisó a Juan y se dirigió a su compañero:
- ¿Será uno de ellos?
- Pues… no tiene uniforme- Razonó el otro
- ¿Y si está encubierto o algo así?
- Pues llevémoslo a ver qué opina el jefe.
Juan los miraba desconcertado, lo único que podía hacer era gritar para aliviar un poco su dolor. Los hombres le ordenaron que se pusiera de pie y los siguiera, Juan, evidentemente incapaz de esto, se limitaba a mirarlos con lágrimas inhundando su cara y gimiendo incomprensiblemente por piedad entre sus gritos de dolor.
En ese momento, el capitán le suplicó a su hija que escaparan antes de ser vistos, como ella no quiso obedecerle, tuvo que obligarla y entre gritos amordazados se alejaron del ingeniero.
El hombre que pisaba a Juan removió su pie e insertó su metralla debajo del cuerpo del pobre hombre y lo levantó con un golpe que sentiría por el resto de su vida. El otro hombre lo cargó y pareció no importarle el chorro de sangre que se desprendía del supuesto enemigo.
El Capitán y su hija caminaron apresuradamente para alejarse, aunque María intentó varias veces devolverse para conocer la suerte de su amado pero su padre se lo impidió. Llegaron a un estrecho mirador, se veía un río que parecía infinito, montañas de todos los gustos, algunas nevadas y muy al fondo se dislumbraba un pequeño pedazo de mar. Estaba atardeciendo, el cielo estaba lleno de todos los colores imaginables “¡Qué paisaje tan hermoso!” pensó, ¡cómo amaba esas montañas! “Es una lástima- prosiguió- tener que teñir las tardes de este lugar siempre de sangre”. En su contemplación, María escapó y fue a conocer la suerte de Juan, un corazón enamorado, no se rinde fácilmente, no se rinde nunca, realmente. El Capitán respiró tranquilo, a los 5 minutos volvió María.
- No está- dijo entre lágrimas y sollozos.
- Se lo llevaron… a interrogarlo- respondió el capitán sin perder su tranquilidad.
- ¿¡Quiénes!? ¿¡Quiénes se lo llevaron!? ¡Dime!- repuso María casi perdiendo la cordura.
- No lo sé, los que fuesen, seguro creen que él es del bando contrario.- Dijo el Capitán mientras a lo lejos se oía un disparo y un horripilante grito de dolor.
El desespero de María incrementaba cada segundo ¿Cómo podía estar su padre tan tranquilo?
- ¿¡Pero quiénes son!?- exclamó María sintiéndose a morir.
- No lo sé hija, pero no te preocupes, él no le ha hecho nada a nadie, estoy seguro que ya lo dejarán salir.
- ¿¡Quiénes se lo llevaron papá!? ¿¡Fueron los Pas!? ¿¡Ó los Gues!? ¿¡Ó los Ejs!? ¿¡Ó los Pos!?
- No lo sé hija, todos son unos hijos de puta.




¡Ay, pobre María! ¡Ay, pobre Juan! ¡Ay, pobre del otro Juan! ¿Por qué los mata a todos, don Pol? Es Ud. malo, muy malo y perverso.
Comment por Burbuja — Wednesday, 11 January 2006 @ 2:39 PM
Caramba, muy buen post. Excelente narrativa y buen manejo de los personajes, además la trama es penetrante y los transporta a uno.
:)
Comment por Evil Atari — Thursday, 12 January 2006 @ 1:04 PM
AY cada vez sigues escribiendo más
Yo estoy toda embutanada con la historia Besos
Comment por Laurita — Thursday, 12 January 2006 @ 5:57 PM
pol otra novela latinomericana deprimente pero no podria ser mas cierto, por lo menos no vives en iluciones como tu servidor jajaja me moria por decir eso!!!! exelente historia buen amigo!!!!
Comment por Angelus — Friday, 13 January 2006 @ 6:00 PM
Excelente.
En serio.
Comment por Patton — Sunday, 15 January 2006 @ 12:01 AM
Lo que más me gusta es la conclusión.
Saludos!
Comment por el_Dani — Monday, 16 January 2006 @ 5:18 PM
Burbuja, yo no maté a nadie, fueron esos endemoniados armados.
Evil, gracias man, tratamos de mejorar siempre, algún día traeremos un Nóbel por acá.
L’aurita, aprecio tu interés, sin lectores no tendría sentido escribir.
Diego, lo más chévere de usted es precisamente esa sensibilidad inquebrantable y la determinación en creer en un mundo mágico de fantásticas ilusiones. Si tan solo todos pudiéramos pensar así! Pero, desafortunadamente, a mi ya me sacaron eso a puños y patadas de la cabeza y el corazón.
Patton, muchas gracias, a un ego siempre le gustan los halagos.
Dani, gracias también, se hace lo que se puede, aunque con esos hijosdeputa siempre rondando.
Comment por POL — Friday, 20 January 2006 @ 2:07 AM