Proelium Adspecti
Hace 25 años, Hélber y Yesid eran los mejores amigos. Sus nombres nos denotan su protagonismo entre la masificada realidad nacional del olvido y la creatividad improductiva. Ambos escapaban de sus casas para poder jugar corriendo entre el arroyo ya olvidado de su población. Juntos correteaban muchachitas, se divertían en partidos de fútbol y disfrutaban de su mutua compañía. Hace unos años, el padre de Hélber murió en extrañas condiciones, en una situación nunca esclarecida. A Hélber no le parecía tan difícil el dictamen que la Fiscalía nunca pudo concretar, un largo hoyo que atravesaba su corazón y uno de sus pulmones totalmente perforado podrían ayudar a la decisión. Pero en este país lo único que se mueven son las balas y los organismos indicados olvidaron pronto el asunto. El muchacho creció lleno de odio, deseando la venganza más que nada. Se alejó pronto de su buen amigo Yesid, pues este, realmente, comenzó a aterrorizarse de estar cerca de él.
Yesid, por otra parte, tuvo la mala suerte de habitar uno de tantos pequeños poblados nacionales, este en particular, cerca a Venezuela, en un lugar donde se pensaría nada malo podría suceder. Mas nadie está exento. Guerrilleros de un grupo indefinido se tomaron su población, un grupo de paramilitares llegó entonces “al rescate”, pues el poblado era hogar de varios finqueros empresarios quienes, con toda razón, no confiaban en la acción del ejército nacional. Yesid quedó atrapado en medio del conflicto, sus buenas relaciones de la infancia con miembros apartenientes a ambos grupos lo pusieron en la cuerda floja, con acusaciones de esas fascistas a la que el país está acostumbrado de lado y lado (y lado). No tuvo mayor remedio que unirse a alguna fuerza y luchar por su existencia.
Y aquí estamos, venticinco años después, Hélber y Yesid se miran frente a frente, sus hombres esperan impacientes sus órdenes, ambos, altivos, soberbios, recios, tratan de mantener dentro las lágrimas en este inesperado reencuentro. Ambos andan con camuflados “chiviados” con botas de caucho y con gorros extraños. Hace calor, ambos sudan su entusiasmo, ambos miran incrédulos e inciertos. Solo se diferencian en sus brazos izquierdos, Hélber lleva una bandera del país que dice defender y amar, mientras lo llena de blanco y vinotinto y no precisamente de vid; Yesid lleva una tela negra, como una camiccia nera corroncha, tatuada con esas tres letras tétricas que componen su institución. El primero tiene bajo su mando el frente 25, o 47, o 74, o 28.531 o raíz de 3 pi al cuadrado -ese número realmente no nos interesa- de las FARC; el segundo es el comandante del escuadrón Pedro Mogollón o quizás Juan Pepito Mendieta de las AUC. Todos sus lacayos los miran extrañados, están inertes, concentrados, cada uno mira fijamente la mirada del otro, recordando buenos tiempos pasados, cuando uno moriría por el otro; desconfiando de que el pasado, solo pasado sea. Comienzan a temer, sus corazones tremulan, la firmeza con la que sus tropas les conocen deriva ahora en una férrea indecisión. Sus brazos tiemblan, sus manos agarran con fuerza sus fusiles, cierran los ojos un segundo y luego miran al suelo, con un suspiro parecen finalmente haber tomado una decisión. Juntos alzan sus armas y luego de un momento de indeterminación y silencio, las lanzan lo más lejos posible. Corren uno al otro en un abrazo que se había esperado desde hace una generación
- Te he extrañado, hermano- dice uno con tono jesucristiano.
- Yo también- dice el otro a punto de reventar en lágrimas.
Las tropas quedan confundidas, los segundos del mando quieren sus momentos de gloria.
- ¡A la batalla!
La masacre apenas comienza.




Sería un buen guíon para un película.
Comment por Patton — Tuesday, 18 April 2006 @ 6:02 PM
ya hicieron una pelicula parecida hace como 5 años
Comment por negro — Friday, 21 April 2006 @ 2:19 AM
ScheiBe
Comment por POL — Friday, 21 April 2006 @ 2:39 AM