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el rinconcito de POL

Wednesday, 10 May 2006

Viejita

Enclochado en: Uncategorized

Hay una viejita en la esquina frondosa que se sienta cada tarde a esperar. El sol tiépido la acompaña en su recorrido, mientras ella inmóvil e impasible descansa expectante. Lejos, muy lejos está su esperado, se debate entre demonios, se retuerce adolorido entre gigantes hornos. La viejita siempre está calmada, la luz crepuscular la va alumbrando al son en el que van pasando los vecinos a saludar: “¡Doña Inés! Siempre en su mecedora…” se limitan a saludar. El soldado esperado, en tanto, trata de recubrir los hoyos en su tórax y las averías de su pecho; intenta soltarse, liberarse y, en un momento de descuido, escapar, trepar, subir y su antigua existencia recobrar. La viejita es paciente, ya veinte años ha esperado, cada día sentada en la destartalada mecedora que un día su marido le hubiese regalado. Mira hacia el horizonte sin perder su fe, cada sombra que aparece a contraluz le mueve el corazón, le incita a levantarse y correr a abrazar a su soldado errante. Él lucha, hiere y desangra como lo hacía al ser corpóreo, buscando elevarse, buscando reencontrarse.
El sol se postra en la distancia y tiñe el final del día con un rojo oscuro, llega entonces el momento de la noche, el momento en el que Doña Inés se retira a sus aposentos, suspirando por una nueva jornada sin fortuna.
Y cada noche que vuelve a su casa, sus amados la encuentran con estigmas en sus manos de un matiz vinotinto opaco que, suponen, son causa de tantos rezos e imploraciones. Pero sus vestidos largos nunca dejan ver más, su cuerpo está lleno de heridas, cicatrices y raspaduras, sus rodillas están peladas y todo su cuerpo agujereado. El soldado descansa entonces, luego de un nuevo día derrotado, mira con desdén sus manos inútiles llenas de estigmas, observa todas sus heridas, se revisa desalentado las cicatrices de sus brazos, intenta inútilmente recobrar las peladuras de sus rodillas raspadas. La viejita entra a su habitación, preparándose para una nueva tarde de espera. Mira, ya sin impactarse, como cerca suyo, sobre la cama vacía, se va formando una mancha que comienza roja, pasa por el vinotinto y termina casi negra. Como es rutinario, deja salir sus lágrimas; tantos huecos, tantas heridas, tantas magulladuras causadas por los incontables intentos de trepar y escapar, causan que sean de sangre, tan espesa, que duele inmensidades al salir. Bajo ella, el esperado se lamenta sus culpas, pero como un efímero efecto gaseoso, no puede llorar, tan solo sufrir.
- ¿Por qué se tiñe todo de rojo?- me pregunta la viejita.
- ¿Y acaso lo sabría yo?- le respondo.
Doña Inés descansa y continúa con su esperanza vana, espera levantarse y que este sea el día, no entiende que jamás se reencontrarán, su destino será ascender, mientras que su amado, de ese negro averno jamás podrá ceder.

3 Comments »

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  1. triste esperanza de esa pobre viejecita, pues al fin y al cabo la esperanza es una arma de doble filo que nos ilusiona de tal forma y muchas veces nos corta…

    Comment por Piescha — Friday, 12 May 2006 @ 11:04 PM

  2. Nene, volví a este mundo.
    Besos

    Comment por Ga — Saturday, 13 May 2006 @ 4:56 PM

  3. pretty

    Comment por astrid — Sunday, 14 May 2006 @ 7:44 PM

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