Flow
Soñé contigo.
Soñé que tenías la nariz fría, pues en mis sueños, llovía a nuestro alrededor. Soñé tus manos deslizándose suavemente por mi cara. Soñé que el agua nos iba escurriendo, que mientras nos acercábamos, cada gota resbalaba lentamente por nuestros pómulos y que, poco a poco, nos acercábamos.
Soñé que por fin nuestros labios se tocaban y que tratábamos de calentarnos con nuestros cuerpos mojados, que juntos nos licuábamos. Soñé que, ahí, juntos, ya más aguados, nos besábamos, apasionados, desaparecer dejándonos.
Soñé y soñé y seguí soñando, mientras fuimos cayendo, mientras bajábamos sin siquiera pensarlo. Hasta que por fin, envueltos, envolviendo, siendo agua, sólo agua, juntos, nos escapamos por la calle empinada más cercana sin pretender mirar atrás.
Y desperté, cansado y turbado, sin siquiera haberte visto a los ojos, sin siquiera haberte escuchado murmurar palabra, recordando apenas la textura de tus labios mojados, la forma de tu cuerpo junto al mío y cómo fue tan precisa nuestra química que, ¡apenas en minutos fuimos solución homogénea!
Desperté desesperado, necesitado de reconciliar este sueño tan inusitado. Desperté para buscarte, en cada tubo, en cada canal, en cada húmedo rincón, en cada hueco empapado, en cada rompeolas, en cualquier malecón. Pero desperté y jamás te encontré, ni en el espejo emapañado, ni en la lluvia torrencial, ni en el agua del lavamanos, ni en el río contaminado ¡Ni siquiera en el mar espumoso y coloreado!
Desperté tan sólo para recordarte eternamente, para buscarte inútilmente, para pensar a dónde habrán ido tus moléculas, para desearte a cada instante y para maldecir mi suerte cada mañana y gritar: “¡No han sido más que pesadillas!”



