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el rinconcito de POL

Monday, 4 December 2006

Odyssey

Enclochado en: Uncategorized

Canto I
Cuéntame, Internet, de aquel varón de amorfo ingenio que, después de saquear la sacra ciudad de Tikrit, anduvo peregrinando por largo tiempo, vio las poblaciones inferiores y conoció las costumbres de muchos hombres que parecían animales y padeció en su ánimo gran cantidad de dilemas y contrariedades en su navegación por el gran lago que llaman Océano, tratando de salvar su vida y procurando la vuelta de sus compañeros a la homeland. Pero, por mucho que tratara no pudo librarlos de su fatal destino, puesto que todos perecieron por sus propias locuras. ¡Desquiciados! Comiéronse cada uno dos vacas en su estancia en tierra hindú, cuyos habitantes no les permitieron el soñado regreso. ¡Oh computadora, hija del trueno!, cuéntanos por lo menos parte de aquellas cosas.
Ya en aquel entonces, los que habían podido escapar de los horrores del ejército en Medio Oriente estaban en sus hogares, a salvo de los peligros de la guerra y el mar; solamente James Ulysses, que tanto anhelaba regresar a su patria y ver a su esposa, estaba atrapado en una remota isla mediterránea, retenido por Calypso, una solitaria y hermosa mujer, que anhelaba retenerlo como su compañía.
Con el transcurso del tiempo, finalmente el senado y las altas castas militares de su país decidieron que era hora de rescatarlo y hacerlo volver. Todos lo compadecían y lo querían ver sano y salvo, con la excepción de Harry J. Seaman, general en jefe de la marina, quien permanecía enfurecido con J. Ulysses por haber desobedecido sus órdenes y haber mandado a su hijo al combate.
Se congregaron pues en una reunión especial los altos mandos del país en la Casa Blanca y el primero en hablar fue el Presidente –padre de la libertad y todo lo que en el mundo es bueno–, quien habló así:
-¡Oh compañeros! ¡De qué modo culpan los civiles a los servidores públicos! Dicen que todo lo malo es nuestra culpa, mientras que son ellos quienes se avecinan a su infortunio a causa de sus interminables locuras.
Y le respondió así Connie Athens, la poco nívea Secretaria de Estado: -¡Padre nuestro, jefe, redentor de la humanidad, el más excelso de todos los que gobiernan! ¡Perezcan a tú voluntad quienes así hayan de obrar! Pero se me parte el corazón a causa del prudente J. Ulysses, que ha ya sufrido muchas penas lejos de los suyos, en una isla azotada por altas olas y sin tecnología suficiente para poder escapar, ya que sin GPS, ni motores fuera de borda un compatriota jamás podría encontrar el camino a casa. Nuestras fuentes nos confirman que en aquella isla, una solitaria y necesitada mujer de origen griego retiene al buen capitán Ulysses, endulzándole el oído con seductoras palabras, para que así olvide su casa en Ithaca, NY. Pero muestran nuestros servicios satelitales, que Ulysses no se ha dejado seducir por esta loca mujer y que su anhelo por volver a casa es tan fuerte, que preferiría morir de una buena vez, para no prolongar el dolor de la nostalgia que siente al quedarse en esa desolada isla. Mi querido Presidente, tú que eres la salvación de la humanidad, tú que eres el más humanitario entre los humanos ¿No se te mueve el corazón cuando hablo de este capitán que ha servido a la patria? ¿No te era grato James Ulysses cuando con sus tropas destruía a los líderes de organizaciones terroristas –junto con sus familias– y, sólo por estar seguro de que te haría feliz, arrasaba con cualquier persona que balbuceara incoherencias y no hablara el lenguaje de Dios, sabiendo que con seguridad apoyaba el Eje del Mal? ¿Por qué lo has abandonado así, mi Señor?
Le contestó entonces el Presidente, que amontona las nubes de lluvia ácida: -¡Querida mía! ¿Qué son estas palabras que escurren de tu boca? ¿Cómo crees que me olvidaría del valeroso Capitán Ulysses, que por su brutalidad contra el enemigo, se distingue sobre los demás ciudadanos protectores de la libertad y quien siempre luchó con sangre por la patria y el mundo libre? Es simplemente que Seaman le guarda aún rencor por haberlo desobedecido y por haber sacado a su hijo, Paul Effimus, de la seguridad de la base, para mandarlo a luchar al frente de batalla, contra el enemigo de la libertad. Desde entonces, Seaman me ha estado cobrando unos favores y busca represalia contra quien le causó algunos rasguños en el ojo a su adorado hijo, pero, entre nosotros los grandes mandatarios, hemos de lograr que Seaman deponga su ira para permitir que James Ulysses vuelva a su casa en Ithaca, NY.
Le respondió en seguida C. Athens, la poco nívea Secretaria de Estado: -¡Salvador nuestro! ¡Redentor y pastor del mundo libre! Si los altos mandos de esta nación, y del mundo por lo tanto, quieren que el leal James Ulysses vuelva a casa, mandemos enseguida al Secretario de Asuntos Exteriores a la remota isla, ya que él tiene inmunidad diplomática y puede ir allí sin causar gran revuelo. Allí se le notificará cuanto antes a Calypso la resolución mandataria que en esta asamblea se ha tomado, que ordena que el leal Ulysses vuelva a su hogar en Ithaca, NY., porque así nosotros lo hemos decidido. Mientras tanto, yo iré a Ithaca a la invadida casa de James Ulysses, a instigar a su hijo J. Telemachus Ulysses, para que reúna en su sala a los melenudos vividores que han ocupado su morada y pretenden abusar de los servicios de Penélope, acudiendo a sus labores sexuales, sin siquiera pagar por ellos, y para que les prohíba volver a poner una mano sobre su madre y seguir aprovechándose de los bienes de su casa. Lo llevaré luego a la arenosa Nevada, para que pregunte por su padre y logre conseguir fama por todas las carreteras del país.
Y al decir esto, se dirigió con rapidez hacia el aeropuerto, aprovechando su caravana diplomática que no tenía que frenar ante los semáforos en rojo y llegó al aeropuerto, donde hizo despegar un jet privado –retrasando cinco vuelos en línea de espera para el despegue- y llegó presurosa a Ithaca, NY. Ya en el pueblo, llegó a la esquina donde alguna vez vivió James Ulysses y ahora vivían su esposa y su hijo. Pensó en disfrazarse para encubrirse, pero al encontrar a los invasores, descubrió que ninguno la reconocía, quizás porque nunca veían el noticiero. El primero que advirtió su presencia fue J.T. Ulysses, quien estaba en medio de los invasores, con el corazón roto, y con el pensamiento fijo en su perdido padre, de quien ni Google le había podido dar noticia. J.T. tampoco reconoció a la Secretaria, ya que él tampoco era un fanático de los noticieros o los periódicos, pero al verla, indignado de que un huésped esperara tanto en la puerta, la tomó de la mano y le dijo: -¡Bienvenida huésped! Entre nosotros has de recibir grato acogimiento. Come algo que parece que tienes hambre y luego nos dirás de qué estás necesitada.
Comenzó a caminar hacía adentro y la poco nívea Secretaria lo siguió. Ya dentro de la excelsa casa, hizo J.T. sentar al huésped en un sillón viejo y sucio, que era el más fino de la casa y se sentó él en una silla de tres patas, en la que él ya sabía mantener el equilibrio. Se ubicaron alejados de los invasores de la casa, para poder escucharse mutuamente y comer con tranquilidad. La poca servidumbre que quedaba y era aún leal a J.T., trajo la comida que pudo rescatar de los bárbaros invasores y la ofreció a la recién llegada. Entraron entonces los invasores, quienes demandaban cerveza y otras bebidas alucinógenas a granel. Luego de haber satisfecho su sed, procedieron a otros vanos placeres, como contemplar el televisor o escuchar las canciones de moda en un radio que uno había traído desde su casa y estaba amarrado irremoviblemente a su automóvil. Mientras los invasores se distraían con esta bullería, J.T., le dijo lo siguiente a la visitante: -¡Querida huesped! No te enojes conmigo por lo que estoy a punto de decirte. Estos bárbaros chulos sólo se ocupan de cosas escandalosas e insoportables, mientras más ruido y molestia produzca algo, más lo aprecian, pues dicen que con eso ‘se hacen notar’ y miden su hombría así ante los demás. Y esto nada les cuesta, pues devoran la comida y consumen la electricidad de un hombre cuyos amarillentos huesos se pudren en el continente por la lluvia, o los revuelven olas en medio del mar, o los han atrapado tribus incomprensibles que realizan inhumanos sacrificios. Si algún día mi padre regresara a Ithaca, NY., todos preferirían tener autos que no saltaran, haber invertido en motores en vez de en tapizados y en ruedas hechas a la medida, que no hicieran fricción con el chasis al andar, para así poder escapar del castigo que se merecen. Pero seguro él ya está muerto y no nos queda ninguna esperanza, pues mi madre no fue a la universidad y no completó bachillerato, y ya nadie le quiere dar trabajo. Y aunque algún chismoso diga que sabe dónde está él, que lo descubrió un día en Internet, sé que el día de su regreso jamás llegará. Pero ya he hablado suficiente sobre mí y con seguridad te aburro forastera, dime ahora ¿Quién eres y de dónde vienes? ¿Cómo has llegado acá y cuál es tu propósito en este abandonado vecindario? ¿Es que vienes porque fuiste amiga de infancia de James Ulysses, quien con tantos amigos cuenta?
Respondió entonces la Secretaria: - Despacio con las preguntas, pero te las responderé todas, si me acuerdo de cuáles son mientras las respondo. Yo soy Con…, yo soy Shaniqua Menthes –dijo, tratando de disfrazarse y mezclarse con la gente del barrio- soy comerciante de relojes Rolex y Rolexx, desde hace mucho que nuestros padres tienen lazos de amistad, se lo puedes preguntar a tu abuelo Laerthes, aunque me han dicho que el pobre anda muy afligido y no baja de su cuarto desde hace mucho tiempo. He venido a tu morada pues me habían asegurado que tu padre acababa de volver y que habría una fiesta en su honor. Pero veo que las leyes internacionales de migración lo deben retener contra su voluntad en alguna parte del planeta. Pero por lo que he leído en WikiPedia y lo que han dicho en televisión, tu padre aún está vivo. Ven, te contaré todos los chismes que se cuentan sobre él. Se dice que está atrapado en una isla lejana y mis fuentes, que son de fiar, me confirman que pronto se le estará dando salida, aunque muchas trabas legales se le impongan, él logrará escapar a la fuerza, aún creando conflictos internacionales, pero hallará algún modo para volver. Pero dime, con sinceridad, ¿realmente eres el hijo de James Ulysses? Eres igual a él, como lo recuerdo, antes de que partiera para el centro de la maldad, tierra llena de personas que desprecian nuestra libertad.
Y le contestó J.T.:- Te seré sincero, mi madre dice que yo soy hijo de aquel y en mi registro civil también figura su nombre, pero ya que él partió siendo yo tan joven, poco lo recuerdo y poco te puedo asegurar. Ojalá fuera hijo de alguien que envejeciera en su casa y trabajara para poder darnos algunos lujos de vez en cuando. Pero por ahora, lo único cierto parece ser que desciendo del más infeliz de los mortales.
Le dijo entonces Connie Athens: - Dicen que de tal palo tal astilla y no creo que tu suerte sea oscura, ya que tu padre siempre fue un buen hombre y todo parece indicar que tú también lo eres. Ahora, dime ¿por qué estás sosteniendo este banquete en tu casa? ¿Cuál es la ocasión? Me parece que quienes comen en tu casa roban a alguien, pues ante su arrogancia y sus torpezas cualquier hombre se indignaría.
Y le contestó J.T.: -¡Huésped! Te responderé brevemente. Mientras James Ulysses vivió aquí, siempre hubo comida en la mesa y dinero para algunas cosas extra, como televisores, un computador o conexión telefónica. Pero desde que partió para la guerra, no hemos podido levantar cabeza, pues ya te dije que mi madre no consigue trabajo y yo soy apenas un niño que tan sólo puede conseguir trabajos mal remunerados. Pero no sólo este mal me aflige. Para poder salir adelante, mi madre tuvo que vender vilmente su cuerpo, pero ya que esta actividad es ilegal en este país y mi padre es un reconocido miembro del ejército, los chulos con quienes trabajó mi santa madre, nos han invadido, bajo la amenaza de chantaje, de revelar que una distinguida esposa de un militar trabaja como una cualquiera. Y peor aún, anda cada uno trayendo a sus amigos, exigiéndonos que les demos comida, posada, refugio, mucho alcohol y otras tantas cosas que no vale la pena mencionar.
Contestó entonces muy indignada Connie Athens, la poco nívea Secretaria de Estado: -¡Dios santo! ¡Qué falta hace el buen James Ulysses para que traiga justicia a esta casa! ¡Y qué falta hace el gobierno en esta casa llena de injusticias! Si volviera J. Ulysses como la primera vez que yo lo vi, que traía consigo la mano despojada de un ruin hombre que había tratado de robarlo por la calle, con seguridad pondría justicia en esta casa. Te sugiero que vayas pensando cómo vas a hacer para ahuyentar a estos invasores que inundan tu casa. Te aconsejo además que mañana reúnas a todos los presentes en esta casa en la sala, para que todos sean testigos de lo que dirás. Exhorta a los invasores para que se vayan, diles que ya has soportado suficiente abuso, o al menos pregúntale a tu madre si quiere escoger uno para que sea su patrón. Y a ti te doy otro consejo, busca el mejor vehículo que puedas, donde puedas llevar tantos copilotos como sea posible; ve a preguntar por tu padre, que ya por tanto tiempo has esperado y quizás algún compañero suyo en el ejército te hablará de él o de su fama y los chismes que se cuentan sobre él. Ve primero a la arenosa Nevada y pregunta por un tal Néstor Sánchez; luego, te aconsejo que vayas donde otro gran amigo de tu padre, busca en Sparta, GA., por aquel general que llaman ‘Menelaos’, por su rubia cabellera. Si de ellos escuchas que tu padre aún vive, espéralo todavía un año más, aunque te duela en el alma. Pero si ellos te confirmaran su muerte, vuelve a tu casa y dale el funeral que se merece. Trata de buscarle a tu madre otro compañero, que pueda sostener a tu familia. Y ya habiendo hecho todo esto, debes pensar cómo deshacerte de los invasores, porque ya estás muy grandecito para andarte con niñerías. Si no quieren irse, has de matarlos, para que tu familia pueda volver a vivir en paz. Sé fuerte amigo, para que así seas respetado.
Y le respondió J.T.: - ¡Oh, extraña visitante! No sé porqué te interesas en ayudarme, pero lo haces con tan buena intención, que jamás he de olvidarte. Pero antes de que te vayas, déjame darte un regalo, para forjar nuestra amistad.
Y le dijo la Secretaria de Estado: -No me detengas, soy una persona muy ocupada y ya reservé mi agenda para el resto de la tarde, alguna vez que yo vuelva me puedes regalar lo que quieras. ¡Pero que sea bonito!
Y al decir esto, llegó la caravana oficial que esperaba recoger a la Secretaria de Estado a esa justa hora, para el asombro de J.T., que pensó que estaba tan cansado que había tenido visiones. Pero sus alucinaciones le infundieron valor y fue hacia los invasores. Escuchaban ellos horribles ritmos nostálgicos en sus sistemas de audio exageradamente escandalosos. Al escucharlos desde su habitación, Penelope sintió profunda tristeza, pues la canción le acordaba de los días de novios con James, por lo que bajó para detenerla. Llegada ella frente al sirviente que operaba el equipo de sonido, habló así: -Hay tantos discos en esta casa, tantos CDs y tantos cassettes que grabamos en esas tardes inolvidables. Tenemos hasta radio, ¿Por qué no ponen esa música? Ya saben que este tipo de canciones que están sonando me ponen nostálgica. Si es necesario que escuchen estas canciones, ¡Usen audífonos por el amor de Dios!
Y dijo ante esto el renovado J.T.: ¡Mamá! ¿Por qué quieres prohibirle a Henry que escuche lo que le plazca? No es el culpable de que le guste esa horrible música, sino la sociedad consumista en general, pero aún así, debes respetar los gustos de Henry, ya que no es su culpa que le guste tamaña porquería. Y si te aflige en el alma escuchar esta canción, tampoco debes culpar a Henry por este dolor, pues él no conocía este detalle. Más bien sé fuerte, una tonta canción no te puede derrumbar. Vuelve arriba a tus labores, que en esta casa andamos cortos de dinero y no podemos darnos el lujo de andar gritando por que ponen una canción que no nos gusta.
Abrió ampliamente los ojos Penélope, pero ante la falta de palabras dio media vuelta y volvió entonces muy contrariada a su cuarto a reasumir sus labores, no sin antes llorar por la memoria de su esposo perdido, hasta que el cansancio y el hastío de la vida real le causaron cerrar los ojos para conciliar el sueño.
Los invasores, al ver a Penélope quisieron ir todos a acostarse en su lecho, pero antes de que el primero pudiese subir las escaleras, les dijo así J.T.: -¡Invasores insolentes! Gocen de la comida que no es suya mientras puedan, pero callen ahora, pues esta canción que suena es más hermosa cuando se contempla en silencio. ¡Escúchenme! Mañana, cuando los gallos canten (¡Y eso es a las seis de la mañana en punto, así que ajusten sus alarmas!), nos reuniremos aquí en la sala, para que yo los invite a que abandonen esta desgraciada casa. Hasta entonces, coman lo que quieran y lo que puedan, lo que usualmente es lo mismo con ustedes, para que luego en sus sucios establecimientos nos inviten ustedes a comer y beber sin medida, como aquí han hecho ustedes. O si lo prefieren, sigan robando los bienes de un sólo hombre, que yo pronto me pondré en contacto con la justicia y su bien merecido castigo no tardará en llegar.
Así habló y todos los invasores reventaron en carcajadas ante la subida de humo del chiquillo. Pero Antynous le respondió: -¡James Telemachus! Ciertamente has ido a la clase de discurso en la escuela, pero espero yo que Dios no te permita asumir el control de esta casa, ni defender a tu madre.
Pero respondió J.T.: - ¡Antynous! O ¡Charles! ¡Como sea que te llames maldito impostor! Ojalá no seas escuchado y yo algún día herede esta casa. Nunca es malo tener propiedades, ni tener un ‘castillo’ del cual ser el ‘rey’. Pero ya que James Ulysses ha perecido, con seguridad tendremos que vender esta casa, aunque pido por lo menos que mi cuarto quede en renta controlada.
Dijo entonces otro invasor, de vestidos extravagantes, Eurymachus: - ¡James Telemachus! ¡Muchachito insolente! Quien entre nosotros gane la apuesta por esta casa habrá de gobernar como su soberano, pero mientras uno de nosotros gobierne, no te preocupes tú, que tendrás tu cuarto para que puedas hacer esas cosas que los adolescentes hacen cuando están encerrados en sus habitaciones. Pero oye, te quiero hacer unas preguntas acerca de la visitante que estaba aquí hace unos momentos ¿Quién es, de dónde vino, qué quería en este hogar y… trajo noticias de tu padre? Por cómo se veía no parecía ser una cualquiera.
Le contestó J.T., manteniendo la calma: - ¡Eurymachus! Ya cualquier esperanza del retorno de mi padre se ha apagado y no doy fe a ningún chisme, sin importar su fuente. Esta señora era mi huésped pues fue amiga de mi padre hace ya mucho tiempo, parecía ser de Alabama, pero estaba en un apuro y por lo tanto se fue apresurada.
Esto dijo J.T., sin mencionar la enorme caravana en la que vio partir a la visitante. Los invasores olvidaron su voluntad de acostarse con Penélope y siguieron deleitándose con el alcohol y la música. Hasta que llegó la noche y los chulos se fueron para disfrutar de alguna fiesta en el centro de la ciudad o para manejar su negocio callejero. J.T. subió a su habitación y cayó derecho en su cama, meditando en todo lo que había ocurrido ese día. Lo acompañaban algunas antiguas revistas que su abuelo había comprado recién llegado a la ciudad, cuando él era aún joven, que hacían por el momento de novias y esposas de J.T.. Acompañado por las tenues luces de su habitación, se empiyamó y concilió un profundo sueño, lleno de imágenes del viaje que la Secretaria de Estado le había propuesto realizar.






















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