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el rinconcito de POL

Tuesday, 20 February 2007

Champiñones de Bulgaria (o “Cebolla Larga”)

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Dirían, o mejor dicho, dejarían escapar los estudiantes más aplicados, de aquellos que van a sus clases bien vestidos, a la última moda, con la ropa más cara y, además, llevan cronograma de sus idas al baño, luego de haberse ya maravillado frente a tal número de grandes espectáculos de la tecnología y de haber despreciado como inútiles grandes obras de arte, que atrapan y revuelven el interior, no sólo de los más sensibles, sino del público en general, al contemplar el asunto que nos atañe en estos momentos, un simple “Ah…” decepcionado, que hubiera querido ser un “¡Oh!” efusivo, que hubiera, con todo su corazón, deseado ser interjección sorprendida, envuelta por esos maravillosos y joviales signos de exclamación, en cambio de ser esa patética y pálida alocución vocal que nos remonta a la primera o segunda entrada de algún diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, tenga o no cubierta dura o blanca, artículos simplemente removibles, seguida por esos aburridos y sobreusados puntos suspensivos, que la mayoría de veces, como ésta, deshonran su nombre, ya que se olvidan de crear suspenso, no cuentan buenas historias al estilo Edgar Allan Poe, sino que se limitan a subrayar con una falta de gracia y creatividad absoluta, cómo alguien, personaje seguramente aburrido, superfluo, prescindible y detestable, no tiene alguna frase remotamente relevante, o siquiera entretenida para aportar a una conversación que, de todas maneras, seguramente es tan aburrida que ni siquiera merece su presencia en las más repetitivas y nocivas novelas de cajón de mesa de noche de un hotel mal iluminado a un lado de la carretera en un pueblo del cuál no conocemos el nombre, de esas de construcción tan barroca e innecesaria que sigue inútilmente por diez o veinte líneas y hasta páginas, sin poner un solo punto, o siquiera un mísero punto-y-coma, y que se extiende en palabras redundantes, a las que difícilmente se les puede encontrar razón de ser, temiendo quizás el somnígeno autor, verse obligado a pensar en algún problema personal al dejar de escribir, alejándose cada vez más y más de lo que el el letárgico escritor parecía haber planteado en un principio, probablemente tan sólo como una vil broma que no encuentra su día de los Inocentes, así como se pierde el tema principal del infinitamente largo texto que el desafortunado lector -quien quizás haya hecho enfurecer a su Dios o se haya equivocado en cuánto a su formación profesional o en cuánto al libro que ha sacado de la biblioteca o de la librería, confundiendo su título andrógino con el de algún best-seller del cual se acaba de producir una película, dañando arquitectura gótica y paleocristiana de alguna ciudad del Meridión de Europa– ha tenido la desgracia de leer, con la esperanza de hacer crecer su nivel de intelectualidad, desesperado por la vida aséptica y desabrida del trabajador de clase media-alta en éste mundo moderno, mundo horrible y desagradable que se empeña en reducir nuestra individualidad a un número de celular y un pseudónimo (o como dirán los expertos nick) para reconocernos unos a otros en Internet, durante aquellos descansos de la agitada vida y el mundanal ruïdo, en los que se aprovecha para distenderse, enterarse de noticias, tanto graciosas como no, y comunicarse con algunos amigos que se esforzaron más en sus estudios, o tuvieron mejores contactos, o quizás simplemente fueron ayudados por esa falsa abstracción que llamamos ‘destino’ y que no es más que una serie de causalidades (que no es un error de mecanografía, sino que es una palabra, quizás, extraña, pues su opuesta, tan similar fonéticamente, es usada sin discreción por nuestras nuevas generaciones, que no parecen ser grandes seguidoras de Kant, y probablemente ya nos hemos acostumbrado tanto a ese sonido /asu/ que el más bonito diptongo /aus/ nos hace cosquillas curiosas en el oído) coincidentes, se encuentran ahora alejados de nosotros , disfrutando o bien, de una vida de lujos que se logra con un sueldo elevado pagado en monedas poderosas de sus actuales países de residencia, o sufren la vida del extranjero que es visto como un intruso cuyo principal propósito es acabar con los lujos y los beneficios por los que los lugareños –o al menos sus abuelos– han luchado tan arduamente, o bien son jóvenes y estudiantes que sufren, como en cualquier parte del mundo, por sus hormonas y las emisoras de radio preferidas entre los adolescentes y tal vez por la dificultad de encontrar capital para costear sus varios caprichos, pues hay algunos con gustos simples, que tan sólo quieren un buen almuerzo entre semana, lo que cualquier humano, por pobre que sea, debería proveerse, y unas cuántas cervezas los viernes por la tarde, y hay otros moderados que esperan además poder comprarse unos buenos libros y tener dinero para salir a divertirse los fines de semana e ir a cine de vez en cuando, pero también están los que exageran y requieren grandes sumas de dinero, para poder siempre estar vestidos a la última moda, con la ropa más costosa del mercado, para así poder impresionar cuando vayan al baño, midiendo siempre el momento preciso de hacer esto, ya que a la entrada se encuentran siempre con la crema de la sociedad, quienes se sorprenden ante sus brillantes vestidos y, basado en sólo esto, comienzan amistades que los podrían proyectar al exterior, para poder emigrar y deslumbrar a señoritas parisinas o romanas con encantos provincianos, pero mientras se ocupan de esto, ni se han dado cuenta de que la eternidad que pretenden es efímera, ni de lo que nos atañe en particular hoy, en este escrito: esa rosa que florece tan amarilla debajo de la lluvia.






















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