Hay tantas cosas que yo aprecio de haber nacido en esta época, que ya varios han osado a llamar “post-moderna”, porque no está acá, está post, más allá, está después; en este presente, el ahora no importa, sino que siempre se está pensando en cinco o veinte años al futuro. De esas cosas que tanto me gustan de estos días, tienen mención particular la televisión -extraño aparato cúbico mágico que convierte ondas en intensidades (al menos mi televisor que todavía es RGB) y nos da la ilusión de estar en algún lugar (que es, como es de esperarse, más allá)-; y los deportes -entendidos como juegos de guerra con reglas, instituciones y tradiciones bien delimitadas y establecidas que hace que perseguir un balón o tener una carta de un cierto color no sea sólo un juego de niños, sino que la gente de hecho ponga su vida e integridad en riesgo para ganar fama y gloria (y ¿por qué no? algo de dinero)- junto con las directas descendientes justas y competencias.
Por eso, uno de mis pasatiempos favoritos en los últimos días, además de volver y volver a las empolvadas páginas del siglo XIX y convertir el post en ante, ha sido ver competencias de Póquer por televisión. Es impresionantemente divertido todo lo que sucede en estas gestas. Siempre está el gordo texano, con su sombrero intimidante, que cree que se las sabe todas y que embaucaría hasta un comerciante de San Andresito, que lidera la mayor parte de la competencia, es el que elimina a todos los oponentes- menos uno- pero termina perdiendo contra ese uno suertudo que luego trataremos. Está el matemático estadístico, experto en probabilidades, pero que no sabe mantener una straight face y que, impresionado ante las falencias de la ciencia racional, es eliminado de primero. También encontramos al campesino bendecido por Hera que ni siquiera sabe sumar, pero logra mantenerse al menos hasta el tercer lugar, quizás porque todos (menos el texano, claro) le tienen lástima. Pasamos al tipo buena gente que no sabe cosa alguna sobre el juego, pero por ser tan buen tipo, nadie sabe si está bluffeando o sólo dándoselas de chistoso y eventualmente termina ganando grandes potes. Y, por supuesto, llegamos al más entretenido de todos, el tipo bruto que no sabe absolutamente nada de Póquer, que cada vez que le mandan dos cartas piensa que tiene un buen juego- aunque sean 2 y 7 de diferente color- y que cada vez que se acaba una mano y ve a algunos celebrando y a otros refunfuñando, se queda un segundo pensando para sus adentros: ¿¡Qué putas está pasando!? y dura, casi hasta el final, ya que desconcierta por completo a sus oponentes que sí saben qué están haciendo.
Más entretenido aún es el público, que se ubica en unas especies de gradas, a un lado de la mesa verde y exclama con cada carta que llega, con cada subida de la apuesta y con cada gesto que alcanza a distinguir en el lejano rostro de alguno de los competidores. No sé si haya una pantalla que les muestre las cartas que los jugadores tienen o si sólo vayan para ver la variedad de rostros que están en exposición en estos lugares, mientras se preguntan ¿¡Qué putas está pasando!? y tratan de adivinar o contar ellos mismos las lejanas cartas.
Pero bien, el público puede parecer secundario, pero no en una competencia de Serio como esta, en la que el más mínimo sonido, puede distraer al participante de su objetivo de mantener una sutil cara de “Me ganaste, carachas, me ganaste”. Así que yo sabía muy bien que tenía que cuidarme de los “uyy” y los “ahh” que escucharía y que cuando pensara “¿¡Qué putas está pasando!?“, tendría que ocultarlo a cualquier precio.
Jamás habrían pensado los nobles desocupados franceses a lo que llevaría su juego. Cámaras por todas partes. Una sobre mí, una en mis manos, una general, una que observaba mi rostro y quién sabe cuántas más.
Comenzamos a jugar y el dealer me da un juego bastante bueno. Un 2 y un 7, uno negro y uno rojo. ¿Qué tan seguido se obtiene algo tan improbable? Sonreí ligeramente, mientras el texano me miraba para tratar de descifrarme. “I’ll break you” me decía unos minutos antes del juego, a lo que yo le respondí “you’ll pay the hospital, then”, en un vacío cómico que no pareció agradarle.
Todos pasaban sus fichas de colores, mientras yo trataba de recordar qué denominación correspondía a qué color. Cuando llegó mi turno de apostar, no podía evitar pensar “¿¡Qué putas está pasando!?” ya que todos me miraban y hacían señas extrañas con las manos. Pero logré mantener la compostura y mandé dos monedas azules plásticas y dije “I’m in” con acento desafiante. El croupier puso tres cartas en la mesa y yo hice ademán de agarrar una, pero todos me miraron tan sorprendidos que pretendí que tan sólo bromeaba. Todos rieron nerviosos. El texano sonrió y susurró: “I just broke you”. Vi las cartas, tres, cuatro y cinco. ¿¡Qué putas está pasando!? No tenía la más mínima idea si eso me servía, pero cuando el matemático había apostado 2,76 veces la cantidad de dinero que había en la mesa y los demás se habían retirado, yo puse todo mi dinero en la mesa, pues había visto que normalmente cuando un jugador hacía eso, el otro se retiraba. Pero el matemático tenía una fórmula infalible y, como me diría después, sólo tenía un 4% de posibilidades de perder. Él también puso todo su dinero y el bendito señor éste que tenía nuestro destino en sus manos, puso otras dos cartas, un seis y un ocho. Según me dicen los entendidos, yo tenía una escalera y el matemático un par de ases. Al parecer había ganado y ya me había librado de un contrincante. Y una vez más comenzó el ruedo. Salían las cartas, comenzaban las miradas, las bromas falsas, la observación, el estudio. “¿¡Qué putas está pasando!?“, no pude evitar volver a pensar cuando un tipo al que el texano se refería como “hillbilly” me dijo que había comprado la posibilidad de ver mis cartas. Se las mostré y se escondió furiosamente entre sus brazos sollozando. Yo había vuelto a ganar y ahora éramos aún menos en la mesa. Y una vez más comenzaban las rondas, los tres que quedábamos subíamos y bajábamos nuestro dinero de a poco. Mis dos compañeros en particular luchaban fieramente por centavos en batallas a las que yo no me atrevía a entrar. Pero uno de ellos, el de gafas oscuras, no parecía inmutarse ante esta tensión. Sólo se movía cuando la mesera, muy agraciada ella, llegaba con más licor que el casino nos regalaba. Tenía los labios sellados en una extraña sonrisa que parecía inspirar confianza y parecía que las mujeres en el público lo apoyaban, pues sólo se escuchaban sus gritos cuando él ganaba.
Llegó un momento en el que el texano, el tipo fresco y yo quedamos peleando una jugada. El público gritaba, viendo cuánto dinero estaba en juego. Pero llegó el silencio cuando apareció la cuarta carta que no parecía favorecer a alguien. Y llegó el asombro cuando el texano se retiró. Nunca antes se había retirado tan entrado en el juego. Quedamos el hombre de los anteojos y yo. Luego me enteré que era un actor que quería triunfar en Hollywood y que quería practicar su cara de indiferencia en el torneo, además de ganar algo de dinero para pagar su arriendo. Pero yo necesitaba ese dinero a toda costa y actores en Hollywood hay más que suficientes. Así que jugé agresivamente y, de nuevo, estaba todo adentro, la lechona estaba en el horno. Él, hizo lo mismo sin inmutarse, aunque luego me diría que se quemaba de nervios por dentro. El repartidor lanzó la última carta. Mi rival hizo una cara de displicencia al ver la carta que había salido. Ambos mostramos lo que teníamos y él, por primera vez, se mostró afectado, se agarró la cabeza incrédulo y se paró afectado. El público y yo nos uníamos en un mismo sentir: la curiosidad por saber ¿¡Qué putas está pasando!?
Ya había despachado a alguien más y en mi camino sólo se encontraba el gordo texano que me sonreía maliciosamente, como esperando el momento de romperme. Jugamos varias manos y las ganamos intercaladamente. Nuestras riquezas, nuestras montañas de monedas subían y bajaban como las olas de la piscina del hotel, como la emoción del público que pasaba de alegría a preocupación en segundos. Y una vez más llegamos a un punto de inflexión. Tres cartas en la mesa, dos y dos más en cada mano. Yo estaba temblando, el público estaba callado, creo que algunos se mordían las uñas. Pero el texano seguía con su corta sonrisa. A veces hacía comentarios sexistas o xenofobos, o juntos, para distraerme y lo lograba. No sabía qué hacer y la desesperación se me notaba. Volví a mandar todo al horno, pues ya me había funcionado varias veces. El texano sonrió y comenzó a despedirse sintiéndose ganador. Y aparecieron dos cartas, un 10 y un As de picas. El público estalló en entusiasmo, el texano se quedó mirando incrédulo y yo tuve que preguntarme “¿¡Qué putas está pasando!?”
Pero miré mis cartas, una J y una K de picas. Ordenadas bien, junto a las demás, había logrado una escalera real, una escalera de verdad.
Había ganado el gran premio. 50,000 dólares para gastar en jugo de maracuyá o cualquier ítem consumible de la edad post-moderna. No lo podía creer. Nadie lo podía creer. Y nadie estaba menos dispuesto a creer que el texano. Mientras la audiencia coreaba mi nombre y seguía entusiasmada por lo que acababa de ver, el texano sacó una pistola. Todos gritaron, se agacharon mientras se preguntaban “¿¡Qué putas está pasando!?” Y se escondieron como pudieron. Pero yo no me pude mover, el cañón, prolongado llegaba a mi pecho.
-Nobody cheats me- dijo el texano, mientras su dedo se acercaba peligrosamente al gatillo.
-Give me my prize- continuó, sin su sonrisa usual y con una cara que asustaba cada vez más.
-I haven’t done anything wrong- Le dije.
-Yes you did, you walked into this town, into this casino and you bumped into me- respondió él con una voz poco agradable.
Y disparó.
La bala me dio en el hombro y quedó ahí alojada un buen rato, mientras que los guardias de seguridad lograban atajarlo, detenerlo y desarmarlo.
Fui llevado al hospital de emergencia, donde mi brazo fue salvado. Pero como no tenía seguro en ese país, tenía una cuenta enorme sobre mis hombros. Como era un imigrante con visa de turista, no podía reclamar mi premio como ganador del torneo de Póquer. Afortunadamente llegó un representante del casino que, temeroso ante una demanda y mala publicidad, ofreció pagar mis gastos médicos.
Así que salí peor que antes, aún necesitaba conseguir ese dinero de alguna forma.