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el rinconcito de POL

Sunday, 22 July 2007

Xyzzy

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El acertijo se resuelve mirando fijamente el pequeño haz de luz blanca que se distingue a la distancia. La luz, como verán el encrucijado y la encrucijada, guiará paso a paso el proceso de mover las fichas y relacionarlas entre sí. Al cambiar las piezas de lugar, el preocupado o la preocupada podrán ver si su elección ha sido correcta contemplando la mirada de la luz que lo acompaña. Si es fría y severa, su elección no ha sido la más certera; si es cálida y comprensiva, han dado un paso más por el buen camino.
Claro está, cualquier inteligencia humana podría resolver el acertijo sin siquiera notar la presencia de la luz acompañante. Con tan sólo observar, pensar y llegar a una conclusión lógica bastará. Quien prescinda de la ayuda, verá la luz blanca como una molestia en sus ojos, pero como estará concentrado en algo más, apenas será disturbado.
El humano o la humana que se atreva a parar frente a esta extraña puerta, entonces, tiene dos opciones, pero una de ellas siempre será más divertida y provechosa que la otra.

¿Cómo entrar a la caverna?

Friday, 20 July 2007

Mi mamá, la modernidá

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Hay tantas cosas que yo aprecio de haber nacido en esta época, que ya varios han osado a llamar “post-moderna”, porque no está acá, está post, más allá, está después; en este presente, el ahora no importa, sino que siempre se está pensando en cinco o veinte años al futuro. De esas cosas que tanto me gustan de estos días, tienen mención particular la televisión -extraño aparato cúbico mágico que convierte ondas en intensidades (al menos mi televisor que todavía es RGB) y nos da la ilusión de estar en algún lugar (que es, como es de esperarse, más allá)-; y los deportes -entendidos como juegos de guerra con reglas, instituciones y tradiciones bien delimitadas y establecidas que hace que perseguir un balón o tener una carta de un cierto color no sea sólo un juego de niños, sino que la gente de hecho ponga su vida e integridad en riesgo para ganar fama y gloria (y ¿por qué no? algo de dinero)- junto con las directas descendientes justas y competencias.
Por eso, uno de mis pasatiempos favoritos en los últimos días, además de volver y volver a las empolvadas páginas del siglo XIX y convertir el post en ante, ha sido ver competencias de Póquer por televisión. Es impresionantemente divertido todo lo que sucede en estas gestas. Siempre está el gordo texano, con su sombrero intimidante, que cree que se las sabe todas y que embaucaría hasta un comerciante de San Andresito, que lidera la mayor parte de la competencia, es el que elimina a todos los oponentes- menos uno- pero termina perdiendo contra ese uno suertudo que luego trataremos. Está el matemático estadístico, experto en probabilidades, pero que no sabe mantener una straight face y que, impresionado ante las falencias de la ciencia racional, es eliminado de primero. También encontramos al campesino bendecido por Hera que ni siquiera sabe sumar, pero logra mantenerse al menos hasta el tercer lugar, quizás porque todos (menos el texano, claro) le tienen lástima. Pasamos al tipo buena gente que no sabe cosa alguna sobre el juego, pero por ser tan buen tipo, nadie sabe si está bluffeando o sólo dándoselas de chistoso y eventualmente termina ganando grandes potes. Y, por supuesto, llegamos al más entretenido de todos, el tipo bruto que no sabe absolutamente nada de Póquer, que cada vez que le mandan dos cartas piensa que tiene un buen juego- aunque sean 2 y 7 de diferente color- y que cada vez que se acaba una mano y ve a algunos celebrando y a otros refunfuñando, se queda un segundo pensando para sus adentros: ¿¡Qué putas está pasando!? y dura, casi hasta el final, ya que desconcierta por completo a sus oponentes que sí saben qué están haciendo.
Más entretenido aún es el público, que se ubica en unas especies de gradas, a un lado de la mesa verde y exclama con cada carta que llega, con cada subida de la apuesta y con cada gesto que alcanza a distinguir en el lejano rostro de alguno de los competidores. No sé si haya una pantalla que les muestre las cartas que los jugadores tienen o si sólo vayan para ver la variedad de rostros que están en exposición en estos lugares, mientras se preguntan ¿¡Qué putas está pasando!? y tratan de adivinar o contar ellos mismos las lejanas cartas.
Pero bien, el público puede parecer secundario, pero no en una competencia de Serio como esta, en la que el más mínimo sonido, puede distraer al participante de su objetivo de mantener una sutil cara de “Me ganaste, carachas, me ganaste”. Así que yo sabía muy bien que tenía que cuidarme de los “uyy” y los “ahh” que escucharía y que cuando pensara “¿¡Qué putas está pasando!?“, tendría que ocultarlo a cualquier precio.

Jamás habrían pensado los nobles desocupados franceses a lo que llevaría su juego. Cámaras por todas partes. Una sobre mí, una en mis manos, una general, una que observaba mi rostro y quién sabe cuántas más.
Comenzamos a jugar y el dealer me da un juego bastante bueno. Un 2 y un 7, uno negro y uno rojo. ¿Qué tan seguido se obtiene algo tan improbable? Sonreí ligeramente, mientras el texano me miraba para tratar de descifrarme. “I’ll break you” me decía unos minutos antes del juego, a lo que yo le respondí “you’ll pay the hospital, then”, en un vacío cómico que no pareció agradarle.
Todos pasaban sus fichas de colores, mientras yo trataba de recordar qué denominación correspondía a qué color. Cuando llegó mi turno de apostar, no podía evitar pensar “¿¡Qué putas está pasando!?” ya que todos me miraban y hacían señas extrañas con las manos. Pero logré mantener la compostura y mandé dos monedas azules plásticas y dije “I’m in” con acento desafiante. El croupier puso tres cartas en la mesa y yo hice ademán de agarrar una, pero todos me miraron tan sorprendidos que pretendí que tan sólo bromeaba. Todos rieron nerviosos. El texano sonrió y susurró: “I just broke you”. Vi las cartas, tres, cuatro y cinco. ¿¡Qué putas está pasando!? No tenía la más mínima idea si eso me servía, pero cuando el matemático había apostado 2,76 veces la cantidad de dinero que había en la mesa y los demás se habían retirado, yo puse todo mi dinero en la mesa, pues había visto que normalmente cuando un jugador hacía eso, el otro se retiraba. Pero el matemático tenía una fórmula infalible y, como me diría después, sólo tenía un 4% de posibilidades de perder. Él también puso todo su dinero y el bendito señor éste que tenía nuestro destino en sus manos, puso otras dos cartas, un seis y un ocho. Según me dicen los entendidos, yo tenía una escalera y el matemático un par de ases. Al parecer había ganado y ya me había librado de un contrincante. Y una vez más comenzó el ruedo. Salían las cartas, comenzaban las miradas, las bromas falsas, la observación, el estudio. “¿¡Qué putas está pasando!?“, no pude evitar volver a pensar cuando un tipo al que el texano se refería como “hillbilly” me dijo que había comprado la posibilidad de ver mis cartas. Se las mostré y se escondió furiosamente entre sus brazos sollozando. Yo había vuelto a ganar y ahora éramos aún menos en la mesa. Y una vez más comenzaban las rondas, los tres que quedábamos subíamos y bajábamos nuestro dinero de a poco. Mis dos compañeros en particular luchaban fieramente por centavos en batallas a las que yo no me atrevía a entrar. Pero uno de ellos, el de gafas oscuras, no parecía inmutarse ante esta tensión. Sólo se movía cuando la mesera, muy agraciada ella, llegaba con más licor que el casino nos regalaba. Tenía los labios sellados en una extraña sonrisa que parecía inspirar confianza y parecía que las mujeres en el público lo apoyaban, pues sólo se escuchaban sus gritos cuando él ganaba.
Llegó un momento en el que el texano, el tipo fresco y yo quedamos peleando una jugada. El público gritaba, viendo cuánto dinero estaba en juego. Pero llegó el silencio cuando apareció la cuarta carta que no parecía favorecer a alguien. Y llegó el asombro cuando el texano se retiró. Nunca antes se había retirado tan entrado en el juego. Quedamos el hombre de los anteojos y yo. Luego me enteré que era un actor que quería triunfar en Hollywood y que quería practicar su cara de indiferencia en el torneo, además de ganar algo de dinero para pagar su arriendo. Pero yo necesitaba ese dinero a toda costa y actores en Hollywood hay más que suficientes. Así que jugé agresivamente y, de nuevo, estaba todo adentro, la lechona estaba en el horno. Él, hizo lo mismo sin inmutarse, aunque luego me diría que se quemaba de nervios por dentro. El repartidor lanzó la última carta. Mi rival hizo una cara de displicencia al ver la carta que había salido. Ambos mostramos lo que teníamos y él, por primera vez, se mostró afectado, se agarró la cabeza incrédulo y se paró afectado. El público y yo nos uníamos en un mismo sentir: la curiosidad por saber ¿¡Qué putas está pasando!?
Ya había despachado a alguien más y en mi camino sólo se encontraba el gordo texano que me sonreía maliciosamente, como esperando el momento de romperme. Jugamos varias manos y las ganamos intercaladamente. Nuestras riquezas, nuestras montañas de monedas subían y bajaban como las olas de la piscina del hotel, como la emoción del público que pasaba de alegría a preocupación en segundos. Y una vez más llegamos a un punto de inflexión. Tres cartas en la mesa, dos y dos más en cada mano. Yo estaba temblando, el público estaba callado, creo que algunos se mordían las uñas. Pero el texano seguía con su corta sonrisa. A veces hacía comentarios sexistas o xenofobos, o juntos, para distraerme y lo lograba. No sabía qué hacer y la desesperación se me notaba. Volví a mandar todo al horno, pues ya me había funcionado varias veces. El texano sonrió y comenzó a despedirse sintiéndose ganador. Y aparecieron dos cartas, un 10 y un As de picas. El público estalló en entusiasmo, el texano se quedó mirando incrédulo y yo tuve que preguntarme “¿¡Qué putas está pasando!?
Pero miré mis cartas, una J y una K de picas. Ordenadas bien, junto a las demás, había logrado una escalera real, una escalera de verdad.
Había ganado el gran premio. 50,000 dólares para gastar en jugo de maracuyá o cualquier ítem consumible de la edad post-moderna. No lo podía creer. Nadie lo podía creer. Y nadie estaba menos dispuesto a creer que el texano. Mientras la audiencia coreaba mi nombre y seguía entusiasmada por lo que acababa de ver, el texano sacó una pistola. Todos gritaron, se agacharon mientras se preguntaban “¿¡Qué putas está pasando!?” Y se escondieron como pudieron. Pero yo no me pude mover, el cañón, prolongado llegaba a mi pecho.
-Nobody cheats me- dijo el texano, mientras su dedo se acercaba peligrosamente al gatillo.
-Give me my prize- continuó, sin su sonrisa usual y con una cara que asustaba cada vez más.
-I haven’t done anything wrong- Le dije.
-Yes you did, you walked into this town, into this casino and you bumped into me- respondió él con una voz poco agradable.
Y disparó.
La bala me dio en el hombro y quedó ahí alojada un buen rato, mientras que los guardias de seguridad lograban atajarlo, detenerlo y desarmarlo.
Fui llevado al hospital de emergencia, donde mi brazo fue salvado. Pero como no tenía seguro en ese país, tenía una cuenta enorme sobre mis hombros. Como era un imigrante con visa de turista, no podía reclamar mi premio como ganador del torneo de Póquer. Afortunadamente llegó un representante del casino que, temeroso ante una demanda y mala publicidad, ofreció pagar mis gastos médicos.
Así que salí peor que antes, aún necesitaba conseguir ese dinero de alguna forma.

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Me encargaron cuidar estas tierras hace cinco años. Siempre han sido pasajes estrechos entre abundante y frondosa fauna los que me rodean. Pocos se han atrevido a venir, algunos lo han hecho por la extrañeza del lugar, otros por la rareza de mi situación. Pero todos han escapado tan pronto como han podido. Yo jamás he pensado en irme, tengo una misión y pretendo cumplirla. Cada mañana me levanto a las cinco, antes que aparezcan mis blancas compañeras habituales de largas charlas diurnas. Me lavo en el riachuelo cercano sin otra opción, pues la civilización jamás ha llegado aquí y, sin pudor, pues los únicos que me pueden observar siempre están en el mismo estado que yo en ese momento. Visto con orgullo mi uniforme, lo limpio, lo acomodo, reviso defectos y pequeñas molestias y hago lo que puedo para solucionarlos. Me presento ante la naturaleza y le muestro mi disciplina al vestir, mientras los animales que pasan se detienen un momento a observarme y siguen su camino algo curiosos, luego de tomarme revista. Luego, recorro decidido este vasto bosque inexplorado y olvidado. Reviso a todos los animales y a todas las plantas, los saludo por sus nombres y continúo mi camino, siempre atento, buscando alguna anomalía. Debo defender el único refugio de estas creaturas de cualquier pisada de hombres de mala intención. Reviso los ríos y los riachuelos, para cerciorarme que nada extraño esté ocurriendo, camino entre los árboles y me ancargo de las ramas rotas que traban las corrientes.
Jamás había encontrado algo inusual. Pero aquel día, mientras recorría el último tramo de mi bosque, descubrí algo extraño. Debajo de unas hojas secas por el calor de la temporada, note algo extraño, algo tan curioso, que no pude evitar indagar sobre su existencia. Era un objeto tan geométrico como no había visto en mucho tiempo. Un aparato rectangular con algo de profundidad. Se sentía innatural entre mis manos. Lo dejé caer más de una vez, pues no sabía bien cómo agarrarlo. Logré asirlo y lo llevé a mi guarida, donde noté sus varios botones y otros mandos variopintos. Jugué con ellos y obtuve sonidos extraños, sonidos que no eran naturales, chillidos demasiado audibles para ser de murciélago, lluvia demasiado concentrada para ser verdadera. Sus sonidos hicieron doler mis oídos, así que lo aparté y lo escondí, dejándome ir entre los susurros de la noche, preparándome para un nuevo día. Cuando llegué a mi guarida, luego de la siguiente revisión, no pude evitar pensar en el paralelepípedo, su misteriosa existencia me llamaba a gritos. Volví a jugar con él, esperando mejores resultados. Pero una vez más no obtuve más que dolorosos sonidos incategorizables. Lo volví a guardar y lo volví a encontrar en mis manos la noche siguiente, repitiendo este nuevo doloroso ritual infinitamente y convirtiéndolo en parte de mi rutina diaria. No pasó mucho tiempo para que necesitara su horripilante sonido para poder dormir.
Una noche decidí no escucharlo más. Su sonido me hacía mal, me distraía de las tareas diarias, me hacía desvelar pensando en su curiosa aparición y me quitaba tiempo precioso para ayudar a la naturaleza. Decidí llevarlo al día siguiente al lugar donde lo había encontrado y dejarlo descansar ahí, para que quien tuviera que descubrirlo, lo hiciera. Pero esa noche, ya dormido, escuché su sonido. Era una pesadilla, chirridos y aullidos se espantaban en mi mente, en mis oídos retumbaba el sonido y todo mi cuerpo se estremecía. Me levanté con el propósito de deshacerme del infernal aparato, pero, antes de tocarlo, escuché una voz que buscaba respuesta. Luego de la sorpresa, decidí responder. Sentí algo extraño, un escalofrío, quizás, cuando hablé con esta persona. Me decía que necesitaba con quien hablar y yo le dije que yo era ideal para oír. Así que la voz comenzó a hablar y yo a escucharla. Lo hacíamos todo el día, a todas horas. Llevaba el aparato conmigo en mis rondas, mientras oía cómo alguien me hablaba. Me contaba que se sentía en una prisión, entre muros inertes de personas indiferentes que jamás querían escuchar. Me preguntaba cómo era mi vida y yo le decía la verdad, le hablaba de los animales y las plantas, de los ríos y de los paisajes que recorría todos los días. Y al otro lado suspiraban, como deseando unirse a mi cruzada. Pero a mí me hablaba de una cantidad de maravillas modernas, de almacenamiento y transmisión de información, de aparatos que ayudarían mi ventura y de formas incontables de encontrar personas que me quisieran ayudar. Y yo suspiraba y deseaba conocerlas alguna vez. Cuando ya no oía al aparato, sentía una especie de vacío que antes jamás había experimentado. Esperaba con ansia el momento en el que alguien se escuchaba por allí. Me hablaba sobre todos los aparatos modernos, me explicaba como funcionaban, me decía quién los fabricaba y para qué servían.
Un día le pregunté sobre mi aparato, se lo describí como pude, sin los términos técnicos extraños que yo le había escuchado mencionar. Pero las descripciones no fueron necesarias, pues al otro lado había uno igual, según me enteré esa vez. Lo definió como un “radio-transmisor” y me explicó todo lo referente a él. Fueron muchas las cosas que no logré entender. Pero hubo una cosa que llamó mi atención y me dejó preocupado. Según lo que escuché, mi aparato funcionaba gracias a unas ‘baterías’ que de tanto en tanto habría que cambiar cada vez que se agotaran y que se encontrarían en la parte de atrás. No quise creerlo, pues no sabía dónde encontrar de esas ‘baterías’ y ¿si era verdad que se agotaban poco a poco y que yo jamás podría volver a escucar esa voz? ¿qué iba a hacer?
Yo le dije que mi aparato no funcionaba de tal manera, pues ya llevaba días usándolo y no se agotaba esta extraña fuente de energía. Pero como respuesta obtuve que ese era un típico comportamiento de las “pilas” que se dejan de usar por mucho tiempo y que pronto se acabarían.
Le comenté mis preocupaciones, le conté entristecido cómo temía tener que abandonar nuestras charlas y cómo, luego de acostumbrarme a su voz, me despavoría la idea de tener que olvidar su compañía. Me tranquilizó y me dio varios consejo para alargar la “vida” de estos seres mágicos que nos permitían comunicarnos.
Aún así, un día decidimos despedirnos. Por primera vez en mucho tiempo, lloré, las lagrimas se sentían ardiendo sobre mis mejillas y los sollozos por poco me ahogaban. Al otro lado trataban de calmarme, pero sabiendo que en cualquie momento llegaría el fin inesperadamente.
Seguimos hablando, normalmente, su voz se escuchaba igual que antes y nuestras charlas eran igual de sentidas, pero yo me preocupaba siempre por ese extraño elemento ‘electrónico’ que me había descrito.
Un día no aguante más, decidí revisar la parte de atrás y comprobar si me había dicho la verdad. Mi mano tembló cuando fui a alcanzar el aparato, estaba teniendo dudas sobre mi decisión. Pero cerré los ojos y procedí. Quité la tapa cómo me había enseñado y respiré profundamente preparándome para lo que vería.
Nada, era un hueco vacío, sin ‘baterías’ ni ‘conectores’. Nada.

Sunday, 15 July 2007

Asesino [Fast Death]

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Y me miraba, de lejos, una humareda salía de sus manos. Nos separaba una laguna roja y violenta de la más maloliente sangre. Pensé que se arrepentiría, que botaría el arma, que se hincaría para poder llorar. Pero me miró, convencido, fuerte, como si una nueva bala tuviese que descargar.
- ¿Qué te hemos hecho?- Le pregunté.
Me miró con desazón, con desagrado, como si no quisiera responder aquella horripilante pregunta.
¿Y qué le habíamoss hecho? lo mismo que los demás, todos cometimos el error de no creerle, de no segurile el juego, de -de hecho- pensar que él en realidad existía.
Él dio unos pasos atrás, aferró su arma y la apuntó hacía mi. Yo me vi desesperado, ansioso, dije la primera estupidez que se me ocurrió:
- ¿¡Qué vas a hacer animal!?
- Te mataré y acabaré con mi suplicio. Ya no tendré que pensar más, ya no tendré que correr más, ya no tendré que existir más.- Me respondió, mientras sus ojos comenzaban a brillar.
- ¿Así que eso es lo que quieres?- Interrumpí para aplazar mi enjuiciamiento- ¿Piensas desvanecerte, piensas esfumarte, piensas acaso que es posible desaparecer sin dejar rastro?
- Por supuesto que sí, te eliminaré, ya no pensarás más, ya no tendré que correr fatigado por tus castillos inhóspitos. ¡Seré libre al no existir más!
Y fue ahí que descargó y me volvió a atravesar. Callé pues ya no podía hablar más. El plomo me había silenciado.
Mientras mis últimas energías se desvanecían, logré mirarlo y ver cómo, poco a poco, se desvanecía. Sí, primero su pistola, luego su mano. Y él sonreía mientras su brazo desaparecía.
No lo pude ver más, pues ya no despertaría jamás.

Y muerto, lo olvidé y ya no hubo quién lo imaginara.

Sunday, 8 July 2007

Z

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