Me encargaron cuidar estas tierras hace cinco años. Siempre han sido pasajes estrechos entre abundante y frondosa fauna los que me rodean. Pocos se han atrevido a venir, algunos lo han hecho por la extrañeza del lugar, otros por la rareza de mi situación. Pero todos han escapado tan pronto como han podido. Yo jamás he pensado en irme, tengo una misión y pretendo cumplirla. Cada mañana me levanto a las cinco, antes que aparezcan mis blancas compañeras habituales de largas charlas diurnas. Me lavo en el riachuelo cercano sin otra opción, pues la civilización jamás ha llegado aquí y, sin pudor, pues los únicos que me pueden observar siempre están en el mismo estado que yo en ese momento. Visto con orgullo mi uniforme, lo limpio, lo acomodo, reviso defectos y pequeñas molestias y hago lo que puedo para solucionarlos. Me presento ante la naturaleza y le muestro mi disciplina al vestir, mientras los animales que pasan se detienen un momento a observarme y siguen su camino algo curiosos, luego de tomarme revista. Luego, recorro decidido este vasto bosque inexplorado y olvidado. Reviso a todos los animales y a todas las plantas, los saludo por sus nombres y continúo mi camino, siempre atento, buscando alguna anomalía. Debo defender el único refugio de estas creaturas de cualquier pisada de hombres de mala intención. Reviso los ríos y los riachuelos, para cerciorarme que nada extraño esté ocurriendo, camino entre los árboles y me ancargo de las ramas rotas que traban las corrientes.
Jamás había encontrado algo inusual. Pero aquel día, mientras recorría el último tramo de mi bosque, descubrí algo extraño. Debajo de unas hojas secas por el calor de la temporada, note algo extraño, algo tan curioso, que no pude evitar indagar sobre su existencia. Era un objeto tan geométrico como no había visto en mucho tiempo. Un aparato rectangular con algo de profundidad. Se sentía innatural entre mis manos. Lo dejé caer más de una vez, pues no sabía bien cómo agarrarlo. Logré asirlo y lo llevé a mi guarida, donde noté sus varios botones y otros mandos variopintos. Jugué con ellos y obtuve sonidos extraños, sonidos que no eran naturales, chillidos demasiado audibles para ser de murciélago, lluvia demasiado concentrada para ser verdadera. Sus sonidos hicieron doler mis oídos, así que lo aparté y lo escondí, dejándome ir entre los susurros de la noche, preparándome para un nuevo día. Cuando llegué a mi guarida, luego de la siguiente revisión, no pude evitar pensar en el paralelepípedo, su misteriosa existencia me llamaba a gritos. Volví a jugar con él, esperando mejores resultados. Pero una vez más no obtuve más que dolorosos sonidos incategorizables. Lo volví a guardar y lo volví a encontrar en mis manos la noche siguiente, repitiendo este nuevo doloroso ritual infinitamente y convirtiéndolo en parte de mi rutina diaria. No pasó mucho tiempo para que necesitara su horripilante sonido para poder dormir.
Una noche decidí no escucharlo más. Su sonido me hacía mal, me distraía de las tareas diarias, me hacía desvelar pensando en su curiosa aparición y me quitaba tiempo precioso para ayudar a la naturaleza. Decidí llevarlo al día siguiente al lugar donde lo había encontrado y dejarlo descansar ahí, para que quien tuviera que descubrirlo, lo hiciera. Pero esa noche, ya dormido, escuché su sonido. Era una pesadilla, chirridos y aullidos se espantaban en mi mente, en mis oídos retumbaba el sonido y todo mi cuerpo se estremecía. Me levanté con el propósito de deshacerme del infernal aparato, pero, antes de tocarlo, escuché una voz que buscaba respuesta. Luego de la sorpresa, decidí responder. Sentí algo extraño, un escalofrío, quizás, cuando hablé con esta persona. Me decía que necesitaba con quien hablar y yo le dije que yo era ideal para oír. Así que la voz comenzó a hablar y yo a escucharla. Lo hacíamos todo el día, a todas horas. Llevaba el aparato conmigo en mis rondas, mientras oía cómo alguien me hablaba. Me contaba que se sentía en una prisión, entre muros inertes de personas indiferentes que jamás querían escuchar. Me preguntaba cómo era mi vida y yo le decía la verdad, le hablaba de los animales y las plantas, de los ríos y de los paisajes que recorría todos los días. Y al otro lado suspiraban, como deseando unirse a mi cruzada. Pero a mí me hablaba de una cantidad de maravillas modernas, de almacenamiento y transmisión de información, de aparatos que ayudarían mi ventura y de formas incontables de encontrar personas que me quisieran ayudar. Y yo suspiraba y deseaba conocerlas alguna vez. Cuando ya no oía al aparato, sentía una especie de vacío que antes jamás había experimentado. Esperaba con ansia el momento en el que alguien se escuchaba por allí. Me hablaba sobre todos los aparatos modernos, me explicaba como funcionaban, me decía quién los fabricaba y para qué servían.
Un día le pregunté sobre mi aparato, se lo describí como pude, sin los términos técnicos extraños que yo le había escuchado mencionar. Pero las descripciones no fueron necesarias, pues al otro lado había uno igual, según me enteré esa vez. Lo definió como un “radio-transmisor” y me explicó todo lo referente a él. Fueron muchas las cosas que no logré entender. Pero hubo una cosa que llamó mi atención y me dejó preocupado. Según lo que escuché, mi aparato funcionaba gracias a unas ‘baterías’ que de tanto en tanto habría que cambiar cada vez que se agotaran y que se encontrarían en la parte de atrás. No quise creerlo, pues no sabía dónde encontrar de esas ‘baterías’ y ¿si era verdad que se agotaban poco a poco y que yo jamás podría volver a escucar esa voz? ¿qué iba a hacer?
Yo le dije que mi aparato no funcionaba de tal manera, pues ya llevaba días usándolo y no se agotaba esta extraña fuente de energía. Pero como respuesta obtuve que ese era un típico comportamiento de las “pilas” que se dejan de usar por mucho tiempo y que pronto se acabarían.
Le comenté mis preocupaciones, le conté entristecido cómo temía tener que abandonar nuestras charlas y cómo, luego de acostumbrarme a su voz, me despavoría la idea de tener que olvidar su compañía. Me tranquilizó y me dio varios consejo para alargar la “vida” de estos seres mágicos que nos permitían comunicarnos.
Aún así, un día decidimos despedirnos. Por primera vez en mucho tiempo, lloré, las lagrimas se sentían ardiendo sobre mis mejillas y los sollozos por poco me ahogaban. Al otro lado trataban de calmarme, pero sabiendo que en cualquie momento llegaría el fin inesperadamente.
Seguimos hablando, normalmente, su voz se escuchaba igual que antes y nuestras charlas eran igual de sentidas, pero yo me preocupaba siempre por ese extraño elemento ‘electrónico’ que me había descrito.
Un día no aguante más, decidí revisar la parte de atrás y comprobar si me había dicho la verdad. Mi mano tembló cuando fui a alcanzar el aparato, estaba teniendo dudas sobre mi decisión. Pero cerré los ojos y procedí. Quité la tapa cómo me había enseñado y respiré profundamente preparándome para lo que vería.
Nada, era un hueco vacío, sin ‘baterías’ ni ‘conectores’. Nada.
Friday, 20 July 2007
1 Comment »
The URI to TrackBack this entry is: http://elrinconcitodepol.blogsome.com/2007/07/20/203/trackback/
RSS feed for comments on this post.
Regálame tu sabiduría
Line and paragraph breaks automatic, e-mail address never displayed, HTML allowed: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong>




cónchale vale. Me has dejao anonadao tío. Sos grande POL.
Comment por Patton — Monday, 23 July 2007 @ 11:05 AM