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el rinconcito de POL

Thursday, 17 April 2008

Ἀλεξοῦση ἀνδρóσι

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Dicen los papeles –pues, aunque fríos, sólo ellos pueden hablar ahora –que fue un Domingo aquel día. 16 de Abril, 1960. Hablan de los colegios y de los trabajos, al mismo paso que de las enfermedades y de los hospitales. Entre sus congeladas letras que miran indiferentes se destacan algunos viajes de juventud: Estados Unidos, Italia, visas, permisos y cartas. Pero no hablan de los atardeceres, no mencionan los juegos en la nieve. También recuerdan los papeles a aquellos días felices y rebeldes del estudio para la vida. Pero no hablan sobre sonrisas, ni sobre miradas. Sólo mencionan la facultad de comunicación social de la universidad del Externado y remiten a los numerosos artículos que escribió para El Espectador, a sus incontables columnas y a sus escasos pero apreciados libros. Y entre montañas de cartón se siguen reuniendo datos, las deudas, los buenos momentos, los compañeros sentimentales, las dedicatorias, los periodos que, lejos, tuvo que pasar recluida, junto a aquellos numerosos problemas. Hay dos papeles que no saben recordar alegrías ni lágrimas tibias, pero que, entre brazaletes de plástico (uno rosado, uno azul), a algunos nos hacen derramar los ojos. Y hay papeles de papeles, algunos cálidos que, con cursiva mano alzada, recuerdan a “Alexandra, querida amiga” y otros tan secos y tipográficos que comienzan con un cruel “señora” y se explayan en explicaciones fiscales. Hay papeles que subrayados, como la obra de Proust, me acuerdan de las noches en que llegaba y me decía emocionada “mira”. Hay los otros que, rasgados y consumidos, me recuerdan noches tortuosas. Y hay los que, encuadernados, un día triste, me pidieron con compasión ser escritor. Los hay graciosos y los hay atrevidos. Pero la mayoría se pierde entre la maraña de documentos que pretenden resumirla. Como aquel que describe (incomprensiblemente) aquella maraña de células rebeldes, o el que asegura sin más que una mirada rápida que sus ojos resplandecen “café”. Todos datos, todos hechos, todos fríos esquemas. Pero no hay papel más duro que el del 20 de Diciembre de 2008, aquel que anuncia su paso por la Funeraria Gaviria, aquel que invita a llorar junto a nosotros, los más desdichados.
Y, sin embargo, ningún papel que he encontrado escarbando deja constancia de cómo ella fue nombrada a propósito, cómo fue protectora, cómo fue madre consumada, preocupada y amorosa; hermana amada, hija excelsa y tía consentidora. No hay letra que recuerde sus abrazos o sus caricias; sus lecturas por la noche, sus besos en la frente en mitad del frío. No hay nada que recuerde los sacrificios y los sufrimientos por los dos seres que más amó. Si nadie ha querido registrar sus madrugadas para atendernos o el sabor de sus pastas improvisadas, creo que me ha llegado la hora (aunque las lágrimas me impiden elocuencia) de dejar constancia. De esta manera, cuando llegue el día en el que los demás nos vayamos, al menos quedará el recuerdo de las cosas importantes, así, ella jamás tendrá que morir, así jamás se perderán sus momentos más cálidos en los que, rebozando de felicidad, decía “te amo”.

Feliz Cumpleaños mamá.






















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