Aquel verde personaje
Molesto por los ruidos que interrumpían mi sueño, decidí acercarme a la ventana para descubrir qué sucedía. Esa fue la primera vez que vi sus enormes ojos amarillos, dentro de esos ásperos párpados de piel tan verde como del uniforme de un militar y tan rugosa como su forma de hablar. Estaba uno de ellos justo frente a mi ventana y, al abrirla, lo descubrí con sus pupilas abiertas a más no poder, como las de quien intenta espiar en la oscuridad. Al verme, no se movió y, en cambio, fijó toda su atención en mí, que me veía reflejado en aquel oscuro centro. Yo, desconcertado, intenté acercarme y buscar sus oídos, para pedirle amablemente que fuera un buen vecino y dejara dormir.
-Disculpe… –traté de llamar su atención, pero sin éxito. No sabía si no podía oírme a causa de la lejanía de su órgano receptor de sonido, si me escuchaba pero no me comprendía porque mi lenguaje le resultaba extraño, o si era que los gritos que se escuchaban de los doce pisos que había debajo de nosotros no permitían que las ondas sonoras lograran llegar a su destino.
-Disculpe… –volví a intentarlo, pero con el mismo resultado. Me dispuse entonces a volver a acostarme, pensando en ignorar el ruido. Pero, mientras me dirigía hacia la cama escuché que alguien me hablaba: -Perdón, ¿usted me hablaba? –logré escuchar desde afuera de la ventana.
-Sí, dije –acercándome de nuevo al exterior.
-Qué pena con usted, es que la vejez ya me está pasando cuenta de cobro.
-No hay problema, yo lo entiendo, después de tantas horas de mirar pantallas, yo me estoy volviendo ciego. Estoy seguro que lo mismo debe suceder con las noches de destrucción que traen elevadas cuentas de decibeles.
-Es verdad, la gente subestima cuánto se puede sufrir siendo monstruo de thriller. Nosotros también nos desgastamos.
-Bueno, lamento escuchar eso. Pero, en cualquier caso, yo lo que quería decirle, o mejor dicho, pedirle, es que, por favor, obvie esta noche para su trabajo, ya que es la primera vez que puedo dormir en un buen tiempo –el trabajo me ha tenido cual zombie frente al computador– y, además deben ser muchos más quienes querrían, al igual, una buena noche de sueño. Ya debe saber usted que vivir en esta ciudad es difícil y que se necesita un buen descanso para afrontarse a ella por las mañanas.
Él dudó un momento, frenando la destrucción de la noche para analizar todo lo que yo le había dicho, respondiéndome unos segundos después: -Comprendo su punto, yo también sé lo que es ir a trabajar sin descansar lo suficiente. Ya sabe, algunas veces me han amarrado y han tratado de someterme por días enteros, sin dejarme descansar.
-Sí, sí, lo he visto en los noticieros –apunté comprensivo.
-Pero –continuó– usted también tiene que ponerse en mi posición. Trate de entenderme, yo estoy aquí para hacer noches de destrucción, esa es mi labor o, mejor aún, esa es la razón de mi vida, la base de mi existir, ¿comprende?
-Sí, lo entiendo –repliqué, sincero.
-Entonces, yo no puedo simplemente frenar mi actividad cuando alguien me lo pide, aún cuando entiendo su problema y le agradezco su amabilidad al hacerlo. Usualmente tratan de detenerme con policías o aviones de la fuerza armada y cuando piden las cosas a las malas no dan ganas de complacer. Pero, el punto es que yo no puedo dejar de destruir, porque entonces, ¿qué haría yo?
-Bueno, yo comprendo su posición. Pero no le estoy pidiendo que deje la destrucción en su totalidad. Sólo le estoy pidiendo que lo deje de hacer esta noche. No me parece que sea grave descansar por una jornada, ¿no cree?
-Sí, sí, pero es que si yo ahora acepto y me freno, mañana alguien más, o quizás usted mismo me va a pedir lo mismo y tendré que volver a frenarme.
-Entiendo su predicamento y, se me ocurre, que quizás podríamos llegar a un acuerdo, una suerte de horario en la que usted pueda destruir libremente y no tenga que despertar a nadie.
-Escucho su propuesta.
-Bueno, ya que son muy pocas las personas en esta ciudad, y en este barrio en particular, que permanecen en la casa durante el día. No me parecería malo que usted desarrollara su actividad, digamos entre nueve y once de la mañana. ¿Le parecen bien dos horas?
-Sí, dos horas están bien. Pero, la verdad es que soy un tipo con corazón y, a esa hora ¿no estarán los niños en casa? Podría hacerles daño sin querer.
-Oh, no, no se preocupe por eso, ahora los niños entran a algún colegio a los tres días de haber nacido, ya no queda progenitor que se los aguante. Esa calle en la que usted está parado se llena de rutas escolares a eso de las siete de la mañana y, ya para las ocho no queda ningún niño cerca.
-Es bueno saberlo, no quisiera molestar a los niños, ¿sabe? Yo tengo mi conciencia… Pero es que mi larga estirpe de destructores siempre ha trabajado de noche y no me sentiría bien cambiando esa tradición.
-Caballero, caballero, no sea así. Todos tenemos que acoplarnos a las nuevas tendencias, estamos en un nuevo siglo y, aún, en un nuevo milenio y hay que dejar atrás la retrógrada idea del conservadurismo. El mundo está en continuo cambio y tenemos todos que acoplarnos para poder vivir bien con todos.
-Quizá tenga usted razón… Podría probar mañana y destruir por la mañana- dijo aquel verde personaje mientras se alejaba de mi ventana agradeciéndome por la conversación. Yo volví a dirigirme hacia mi cama, pero, en un impulso súbito, decidí darme vuelta y volverlo a llamar.
Pero… –dije, dubitativo– ¿es realmente necesario que usted destruya? Pienso que, a pesar de su cuidado y su caución con los niños, probablemente pueda herir a alguien, aún si no lo quiera. Quizás pueda buscar otras actividades para satisfacer su existencia. No lo sé, macramé, elevar cometas, o cualquier cosa que se le ocurra.
-Señor –se volteó él, algo molesto– Ya le he explicado cómo es necesario para mi destruir. Pierda cuidado, vendré a la hora que usted me ha indicado y tendré mucho cuidado en no dañar a nadie.
-Pero, ¿está seguro de que la destrucción es absolutamente necesaria?
-Claro que sí, usted mismo lo dijo –apuntó con lo que creo fue una sonrisa– hay que acabar con lo viejo para darle paso a lo nuevo, hay que abrir espacio para dejar entrar las novedades.
-Nunca había pensado en un acercamiento tan moderno a la arquitectura y la urbanística –opiné, curioso.
-Bueno, pero eso no es todo –prosiguió– también ayudo a muchos. Hay muchas personas en esta ciudad que no han podido obtener una educación superior o una recomendación apropiada para conseguir un buen puesto de trabajo. Todos ellos terminan trabajando en alguna construcción y, al destruir, son muchos los puestos de trabajo que creo.
-Nunca lo había pensado de esa manera, pero, ¿no cree que los dueños de los edificios y los apartamentos que caen sufrirán?
-Quizás sufran alguna pérdida material, pero –ya le he dicho– trato de no herir a nadie. Las constructoras tienen suficiente dinero como para perder alguno al pagarle a los obreros; y los habitantes que encuentren su casa destruida, comprenderán que su hogar no es un lugar, sino un grupo de personas y podrán recuperar toda su inversión de las aseguradoras, que también tienen mucho dinero para repartir.
-Tiene usted un pensamiento muy interesante.
-Soy un Robin Hood moderno –opinó orgulloso– y, además, más de un niño me ha escrito, agradeciéndome pues, gracias a mí, tuvieron una excusa perfecta para no hacer la tarea.
-¡Ah! –Exclamé, con simpatía– comprendo el sentimiento.
Nos despedimos amablemente y él se fue alegre, esperando un nuevo día para poder cumplir con su deber. Yo, finalmente volví a la cama, pero, apenas posé mi cabeza en la almohada, escuché el molesto ruido de la alarma que me indicaba el inicio de un nuevo día laboral. Me levanté nuevamente y me vestí rápidamente, alejándome de los suburbios para no tener que sufrir el ruido que mi amigo haría unas horas más tarde.



