De cómo sobreviví al mundo moderno
Fue dentro de las calles que se cruzan como serpientes en medio de esta ciudad tan esquemática y tan extraña. Ya era mi décima hora de caminar, de esperar impávido, de pie en la multitud que frente a mí se alineaba, de comprender nombres de instituciones y averiguar números de códigos tan inusitados que jamás, siquiera, había imaginado; ya era mi cuarto día de rondar ubicándome entre sinuosas calles y carreras y de deambular sin rumbo entre las dudas que me acosaban y entre papeles que me confundían. Buscaba qué hacer con mi vida. Iba, poco a poco, cancelando sus cuentas, entregando sus datos y borrando sus huellas, mientras que me movía, tembloroso, con aquel horripilante certificado de defunción entre mis manos. Yo, ya sin vida, buscaba un lugar para esperar, tranquilo, a expirar con mi último aliento.
Fue ahí, en esa esquina, allí donde siempre me esperaba Doña Gloria, con el jugo listo y la empanada recién hecha. Antes de abandonarme, decidí darme un último placer y saludar por última vez a esa viejecita tan simpática. Mientras degustaba ese placer tan terrenal, que me hacía dudar de mi decisión, lo vi. El buen amigo de siempre, aquel que aparece siempre en los momentos más oscuros y trae consigo una linterna para dispersar las tinieblas. Lo vi, como siempre, con su gran carga al hombro, algo cansado por tanto caminar, pero tan risueño y alegre como un niño que nunca se ha dejado vencer por la tristeza.
-¿Qué hay con esa cara? –dijo.
-Es que muero –respondí.
Él me miró, analizándome mientras se iluminaba su rostro con una idea. Entre el gran atavío que llevaba sobre su espalda, noté a La Milagrosa, aquella amiga de madera que nos había alegrado en tantas noches y que él quería como si fuera su novia. Él, sin señalarla aún, decidió estirar su brazo y, con la magia propia de todos los bogotanos, logró que uno de esos aparatos de transporte masivo se detuviera frente a nosotros. Aún con los frenos chirriando sobre el pavimento, mi amigo me agarró y me empujó hacia dentro, donde me encontré con las comunes caras indiferentes, sin entender qué sucedía. Luego de unas breves palabras al conductor, que asintió algo molesto, mi amigo desenfundó a La Milagrosa y me dijo, en voz baja «Canta». Sin poder reprochar, él –o, más bien, La Milagrosa– comenzó a sonar aquellos acordes, que tan sólo al oírlos me devolvían a la infancia, me recubrían el cuerpo de arena y mar y me hacían sentir la brisa golpeando suavemente en mi rostro. Sin poder yo escapar aún de mi sorpresa o de mi trance nostálgico, él me susurró al oído «Oye morenita, te vas a quedar muy sola…», viendo que no reaccionaba aún. Pero, al escuchar esas palabras y sentirme de nuevo en casa, cantando junto a ella, me reincorporé y me uní al canto con todo lo que mi pecho congestionado me permitió.
Ah, mi garganta destrozada por tantas noches de llorar y por tantos días de sucumbir al frío, sólo me dejó cantar, si acaso, desafinado, al punto que más de un miembro de la audiencia decidió levantarse y retirarse hasta el fondo del vehículo, los más radicales, prefiriendo de una vez presionar el botón que les permitiría escapar de mis aullidos. Pero yo, frente al pasillo, no les daba importancia, yo los veía frente a mí, pero no estaba junto a ellos, yo estaba en la playa junto a una fogata, estaba en aquel diablo que llaman tren, estaba bajando por Valencia y cogiendo por La Sabana; y mucho menos cantaba para ellos, era ella quien, frente a la fogata me escuchaba mientras sonreía orgullosa, aunque con lágrimas en los ojos me recordaba «Yo, en Santa Marta me puedo morir». Y cantaba con el corazón aún más herido, tanto, que decidí pedir una nueva canción y salir de toda esa pasión. Él me miró triunfante y vio las lágrimas que bañaban tibias mis mejillas, volviéndome a llevar por aquellas noches cálidas de la infancia junto a ella. Al bajar, alegres y con doscientos pesos extra, exclamé entusiasmado: -¡Hay que repetir esto!
Él, replicó, burlón: -Si mueres, no podremos –con una sonrisa que, poco a poco se me fue contagiando.
No he muerto, muy a pesar de algunas crucetas y bandas de músicos del transporte urbano que se han cruzado por mi camino. Y, en cambio de sentarme a esperar mi hora, he pensado que algún día, quizás en Santa Marta, mientras vuelvo a entonar aquellas canciones como se lo merecen, yo moriré y la visitaré en su casa en el aire.



