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el rinconcito de POL

Wednesday, 21 January 2009

Respuestas varias

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Fui confrontado acerca de mis decisiones y acerca de mis disposiciones. Don Mario, hombre cansado, que parece haber tenido que trabajar, escondiéndose de la luz del sol, por mañanas y tardes inalcanzables, hombre que posee tanta vitalidad en sus ojos como pelo en su cabeza, pero que –aun abatido por “los rigores del día a día”– no se resigna a renunciar a la solemne labor de proveer a su familia. Él me mira de reojo, con algo de furia y una gran mueca de incomprensión:
-¿Literatura…? –Me pregunta confundido gruñendo la última vocal– ¿Para qué eso?
Calmado, luego de haber escuchado, ya varias veces, reacciones similares, elaboré mi respuesta, la cual encontré tan atractiva que decidí registrarla para poder hacer uso de ella cada vez que ocurra sea necesario.
–Si me pregunta sobre el arte de la literatura –comencé con notable altivez–, entonces tengo que responderle que, objetivamente, la literatura sirve para muchas cosas. ¿Cuántos no la han usado para hacer propaganda a través de ella? Bien sea de ideas políticas, de denuncias sociales, de teoremas críticos, de halagos y sobresaltos paisajísticos o de descaradas autopromociones, siempre ha habido libros que pretenden cambiar al mundo: los que aconsejan cómo mejorar, los que atacan la maldad de la humanidad y los que quieren derribar barreras de odio entre los hombres. Y, claro, también están esos otros libros, con fines ya no individuales, sino colectivos, aquellos que quieren guardar la memoria de las grandes gestas de un pueblo, los que lo quieren unir bajo el nombre de un gran héroe y los que quieren explicar los cielos en sus propios términos.
»Pero todo eso es lo de menos. Lo que importa es que la literatura no necesita ser útil, ni los libros requieren tener un fin práctico para poder ser escritos (mucho menos para poder ser leídos). Lo hermoso de la literatura no consiste en los resultados que con ella se puede obtener, sino en el mero placer de ser, de existir, de ser ella misma; consiste en la inevitable necesidad de contar historias y escuchar otras, sólo por el júbilo de oírlas, de formar imágenes fantásticas a partir de sonidos aparentemente inconexos.
»Ya me han hecho tantas veces esta pregunta que ya me he aprendido este discurso de memoria, ¿ve, don Mario?, pero hoy quisiera agregarle algo nuevo, para no convertirme en un autómata. Hace poco leí un artículo de William Ospina en el que aquel paisano coincide con mi opinión acerca de la hermosura de lo literario, pero la describe de una manera mucho más bella de la que yo me siento capaz: dice, si no recuerdo mal, que el leer literatura es como “buscar por el placer de buscar y no por el de encontrar”, y yo agrego, trilladamente, que es como caminar por el placer de observar el paisaje, y no por el afán de llegar a alguna parte.
»Si, en cambio don Mario, me está preguntando cuál es el fin de estudiar una carrera universitaria con tan poca demanda laboral como lo es “Literatura”, tendré que decirle que para esto también tengo una respuesta. Creo que todos aquí –o, al menos sé que yo sí– somos hijos de esa extraña e inatajable era llamada “Modernidad” y, por lo tanto, herederos de todo el peso de la Revolución Industrial y de todas sus preocupaciones pragmáticas y utilitaristas, alabadores del trabajo arduo y duro, y justos desdeñadores de la vagancia y la ociosidad, amantes férreos del capital y la producción material. Pero también soy uno de esos, que aunque no somos ni mejores, ni peores que el resto, si nos contamos por pocos, los cuales tenemos la enfermedad de la curiosidad, el ímpetu irrefrenable de pasar página tras página para saber qué viene luego, las ansias incontenibles de esconderse en un rincón y aprender sobre las disquisiciones de monjes domínicos del siglo XIII. Pero estos dos aspectos son difíciles de reconciliar. Así que, aun si quisiera pasar mi vida navegando entre páginas, perdiéndome entre inmensos océanos y viviendo en el papel las aventuras que Sandokán vivió en carne, no tardaría en aparecer un sentimiento agudo de culpa que me reclamaría por mi ociosidad. Oh, no, no faltaría de estar perdiendo las vueltas de las manecillas del reloj, ni el de estarse quedando atrás de las vueltas que da el mundo, y pronto me encontraría en un estado de angustia insoluble. Pero, afortunadamente, ya han sido varios los que sufren mi aflicción y desde hace años alguien se inventó que vivir esta enfermedad era una labor académica, que pasar las páginas inquietas era una actividad que pertenecía en las universidades, porque allí unas curiosidades podrían satisfacer y alimentar a otras. Así que ahora lucho por un pedazo de cartón, como la minoría afortunada colombiana, así como lucho por un puesto, como la mayoría desafortunada, pero lo hago mientras leo, mientras calmo esa hinchazón que me viene con tanta frecuencia y sólo se puede curar con una buena historia.
»Por supuesto, las gratificaciones económicas son nimias, pero ¿qué es eso frente a saber cómo curar la locura? Es poco, diría yo.
»Pero no se preocupe por el dinero. Yo a su hija la voy a mantener, para que ella pueda estudiar, o trabajar, o echar chismes con la vecina. Tranquilo. Pronto montaré un grupo de merengue y, cuando reventemos, ¡nos vamos a tapar en plata!
»¿Sí pilla?






















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