Don Eulalio, un hombre asmático.
¿Qué quiere que le diga? He estado a punto de morirme un montón de veces; pero nunca he visto la luz al final del túnel, ni mi vida pasando frente a mis ojos, ni alguna otra de esas vainas que dicen que pasan los que nunca se han muerto. A mí, lo que me pasa es que veo puntos de colores, por todas partes. Son como remolinos, o como sifones que van atrayendo todo lo que los rodea. Y la luz que está al lado de los puntos de colores va cayendo como al caño, cuando llueve mucho, y los remolinos sobre las alcantarillas van creciendo, van creciendo tanto, hasta que unos se juntan con otros y todos terminan siendo una gran mancha borrosa que va dando vueltas hacia quién sabe qué dirección. Entonces ya no sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, ni si estoy de pie o ya me he caído, ni si alguien me está ayudando, o me estoy pudriendo solo en el suelo.
¿Alguna vez se ha enamorado? Es algo parecido. Yo sí me he enamorado y por eso le digo. ¿No le ha pasado alguna vez que ve pasar por ahí a su amada –sobre todo si ella no le corresponde sus amoríos– que después de verla pasar queda como embobado y como viendo todo de colores? A mí sí me sucedía, sí que me sucedía. Cuando estaba allá en el pueblo y veía a Marinita, entonces era cuando me sucedía. Ella caminaba con su gracia tan particular, como aplastando una hormiga a cada paso, siempre mirando hacia el suelo para no tropezarse, y yo me quedaba contemplándola fijamente, esperando que algún día levantara la mirada, me observara y me sonriera, como diciéndome “hace años que espero que me saludes”. Pero no, ella no era así. Ella siempre miraba al suelo porque no quería que la vieran, “¿para qué?” supongo que se preguntaba “si, de todas maneras, lo único que me voy a ganar con un hombre en mi vida son problemas”. Y yo creo que tenía razón, si eso era lo que de verdad creía, porque yo le habría prometido el cielo, la tierra y un palacio blanco de mármol y marfil donde nadie la molestara, pero ¿qué le íbamos a hacer? Yo sé que me la hubiera pasado detrás de ella, viendo a ver con quién era que hablaba y si le daban palabras de amor, o si se las insinuaban, porque es que una mujer tan hermosa no puede caminar por ahí tan tranquila. En cualquier caso, lo que pasaba era que cada vez que la veía, se llenaban mis ojos de colores que no estaban ahí y todo me comenzaba a dar vueltas en la cabeza. Ella me entorpecía, me volvía un idiota y cada vez –y en ese maldito pueblo las veces eran tantas– que se cruzaba por mi camino, me embobaba tanto que yo caminaba sin rumbo hasta golpearme con lo primero que se cruzara en mi camino.
Por eso le digo que esto de estarse muriendo a cada rato es lo mismo que estar enamorado, porque es como… como ¿cómo es que dice usted? Ah, sí, como un ‘éxtasis’, como salirse del propio cuerpo, pero con el mismo dolor de golpearse en la frente con una columna, o de sentir que el alma se le está tratando de escapar por la garganta, ¿sí me entiende? Bueno, no sé si me explique bien, ya le digo que es que hay que haber estado enamorado para saber lo que es estar enfermo. Y enfermo de esto que me ha hecho caer en este lecho de muerte ya tantas veces que me han puesto los santos óleos como tres o cuatro veces. Usted no se imagina cómo es esto, digo, esto de los ataques, lo que le decía de no saber si uno está vivo y muerto y, luego de tener una pantalla lluviosa, como esa de los televisores cuando no entra la señal, despertarse aquí, con el padre despidiéndolo hacia el otro mundo. Porque ¿qué hace uno ahí? ¿Decirle al padre “muchas gracias, pero hoy no requiero de sus servicios”? ¿Y uno qué va a saber? De pronto hasta se levantó sólo para ver el mundo una última vez y sí necesita que lo unten o lo unjan, o como se diga. Yo siempre me quedaba callado mientras el padre me preparaba para que el alma me dejara y, cuando acababa, le daba las gracias y le decía “qué bueno que vayamos cogiendo práctica, para que cuando me muera de verdad la ceremonia salga perfecta”. Él se reía y me daba la bienvenida de vuelta al mundo de los vivos.
Pero, ¿sabe qué era lo que yo hacía? Yo me imaginaba que me moría de verdad, que no me aguantaban más los pulmones y que exhalaba mi último aliento, pero que no venía el padre a darme la despedida, sino que allí estaba Ella, Marinita, y le voy a decir que escribiría ese Ella con mayúscula, como en el libro del patán ese que me prestó el otro día, porque yo la amo tanto como él a Ella, y porque yo quiero que sea Ella como la Virgen, como una Diosa que me despida, que me mire fijamente a los ojos y me diga “Por fin podemos hablar”.



