La Profecía
Lord Nollyt hizo lo que pudo por volver a ponerse de pie, había caído de rodillas y le causaba gran dolor el desdoblar sus piernas. Miró a su alrededor buscando encontrar su espada, los gritos de euforia de los muchos lugareños que habían logrado vencer el miedo para presenciar esta épica batalla ya no eran su motivación para seguir peleando, ahora sólo le interesaba salir con vida de esa locura. Puso ambos pies en el suelo y sintió que se caía hacia un lado, pero logró conservar el equilibrio abriendo sus brazos y cuasando gritos de desesperación en la multitud que veía que su última esperanza se estaba consumiendo. Vio su espada abandonada en el suelo hacia su derecha y, como notó que su enemigo estaba acercándose vertiginosamente, se lanzó para agarrarla. Tomó el mango de esa legendaria arma por segunda vez, la primera vez que o había hecho, hacía quizás una hora, había sentido el metal frío entre sus manos y se había preguntado una vez más, aglo desolado, por qué tenía que ser justamente él quien se encontrara ahí, en esa posición. Esa primera vez desenfundó la espada y, sin saber cómo, creó un sonido desafiante que emocionó a la gran masa que ya desde hacía un buen tiempo estaba allí congregada cuyo clamor y algarabía lo hizo distraer por un segundo de su objetivo y lo obligó a pasear su mirada contemplando el rostro de todos quienes dependían de él; rostros oscuros y sombríos todos, como aquel lugar en el que fueron condenados a nacer, rostros apagados y sumisos, acostumbrados a soportar el sufrimiento continuo y no esperar ninguna recompensa a cambio. En ese momento creyó esas historias de matronas y desocupados por un segundo, quizás él sí era el apropiado para liberar a todas esas pobres personas del peso que siempre los había agobiado. Alzó su espada y clamó al cielo que le ayudara a encontrarse con su destino, el destino de héroe. Fue entonces cuando el dragón le dio el primer golpe, lo arremetió con sus garras delanteras, rompió su armadura y alcanzó a desgarrarle parte de su costado derecho. Con un dolor que nunca antes había conocido, intentó seguir luchando. La segunda vez que empuñó su espada, volvió a sentir el metal frío, pero ahora no pensaba en tomarla para convertirse en el símbolo de aquel pueblo que clamaba por su ayuda, sino sólo sabía que la agarraba como pudiera para intentar salir con vida de ese desafortunado encuentro. La había logrado empuñar antes de que el dragón le diera un nuevo golpe, uno más que probablemente ya pasara la cuenta de los miles y que con seguridad sería el último que él podría sentir. Se puso en pie de nuevo con mayor dificultad que antes, levantó la espada con ambos brazos y la irguió en dirección del enemigo, reuniendo sus últimas fuerzas en un último grito de batalla después del cual se dio cuenta que no había hacia dónde arremeter, puesto que la bestia había finalmente abierto su boca y él, irremediablemente, encontraría su destino dentro de sus fauces.
Lord Nollyt, que no era realmente un lord, logró entrar a ese animal acompañado de su espada así que, mientras se movía lentamente en el proceso de digestión de la enorme bestia, intentó usar aquella arma legendaria sobre la cual había escuchado tantas leyendas y a la que se le atribuían tantas proezas. Pero no conseguía ni un rasguño, el dragón era tan duro por dentro como por fuera. Maldijo su suerte y maldijo el momento en el que se había dejado convencer por tal charlatanería. Él había llegado a ese pueblo como un simple mensajero del verdadero Lord de Nollyt, un pueblo muy al sur de donde se encontraba actualmente, tuvo la desgracia de llegar en el momento de la única fiesta al año que demonios y bestias locales permitían celebrar cada año. Bebió tanto que no se acordaba de qué había sucedido, pero cuando se levantó descubrió que los locales lo llevaban a hombros porque, por alguna razón, de alguna manera sobre la cual nadie se podía poner de acuerdo, él había conseguido la muerte de uno de los más grandes azotes del lugar: un gnomo ágil, ingenioso y malvado cuyo cadáver él mismo vio un poco más tarde atravesado por el cuchillo que solía llevar consigo en caso de encontrarse con ladrones. Todo el pueblo lo aclamó y, en actos solemnes, fue declarado Lord por las autoridades del lugar, se le fue encomendada la seguridad de la zona y se publicó un decretó oficial en el que se declaraba que todos los habitantes debían estar a plena disposición para cualquier orden que diera el nuevo Lord que fue comenzado a llamar por su lugar de origen, puesto que carecía de apellido. Rápidamente, el nuevo Lord Nollyt se enteró que él era “aquel del que habla la profecía”, puesto que esta vaticinaba que sólo un extranjero podría vencer las fuerzas del mal que se asentaban en ese lugar y que lo haría, venciendo sus primeros enemigos sin darse cuenta. Supo que muchos otros extranjeros habían llegado con la esperanza de ser quienes mencionaba aquella leyenda, pero que todos habían llegado engreídos y sólo buscando fama, gloria, reconocimiento y, quizás, a largo plazo, la mano y las posesiones de una princesa, como en aquellos cuentos de caballería que a veces se escuchaban. Pero todos, por fuertes, valientes o inteligentes que fueran, habían fallecido dolorosamente, sucumbiendo siempre antes de lo pensado ante las fuerzas del mal. Uno de los habitantes del lugar tenía un almacén en la parte trasera de su casa donde guardaba los restos de todos aquellos que perecieron porque no eran quienes la profecía necesitaba que fueran. Lord Nollyt fue llevado allí una vez, para que pudiera contemplar cuántas muertes debía vengar t cuán importante era que él se encontrara con su destino. Él olió allí la putrefacción y vio la descomposición y no pudo evitar vomitar, así que pensó que quizás él no era a quien buscaba la profecía de aquel desdichado lugar, quizás sería sólo un accidente y quizás deberían esperar a alguien más fuerte. Pero en el pueblo estaban cansados de esperar y le dijeron que él era el primero, durante toda la historia del reino del mal en ese lugar, en acabar con alguno de sus representantes, sin darse cuenta, estaban seguros que él era el indicado. Él reflexionó y, aunque seguí incrédulo, sijo que, quizás, podría intentarlo.
El pueblo celebró su decisión y se dispuso a armarlo para que pudiera llevar su lucha hasta el fin. Lo proveyeron de armaduras, caballos, escuderos y, sobretodo, de su espada, aquella espada que había existido por tanto tiempo que ya nadie recordaba cómo había llegado a existir, aquella legendaria extansión de metal que, algún día, un día que parecía siempre tan lejano, iba a sacarlos a todos de sus pesares. Se ocuparon también en entrenarlo, combate cuerpo a cuerpo, manejo de armas y equitación y, para sorpresa y alegría de todos, mientras intentaba manejar un caballo, aplastó con su animal a un elfo venido de la parte de la maldad que había sido enviado como espía para enterarse cuál era el supuesto elegido y que no entendía cuál era el tal alboroto por un flacuchento pueblerino con buena suerte. Cuando se descubrió el cadáver de este nuevo enemigo abatido, hubo nueva fiesta, pues ya no quedaba en duda que Lord Nollyt era el designado por el destino para salvarlos. Pronto fue llevado hasta el lugar donde podría vencer definitivamente a esa nube negra que se imponía sobre ellos, la guarida del enemigo más grande de todos, el escondite del dragón.
Cuando estaba dentro de él, mientras maldecía su suerte y su credulidad, la de haberse dejado convencer muy adentro de estimular su ego con la idea de poder llegar a ser un héroe épico, recordó al gnomo y al elfo y a unas cuantas hadas y un par de duendes, todos muertos por él y todos por mera casualidad. Así que soltó la espada con la que no había dejado de golpear los intestinos por los cuales descendía sin freno y decidió esperar a que se cumpliera su destino. Quizás, para ser héroe épico tendría que morir mientras creaba su leyenda. Pero eso estaba bien, sabía que iba a vivir en el recuerdo durante muchas más generaciones que las que su mera existencia mortal le hubieran permitido. Se dejó resbalar y, luego de un agónico viaje, finalmente fue devorado por los jugos gástricos del inmenso animal. El pueblo que estaba allí reunido presenció en silencio sepulcral el momento en el que su héroe se convertía en gases dentro de la bestia y, poco a poco, comenzaron a recobrar la cordura y a escapar tan rápido como les fuera posible, del peligro.
Sólo unos pocos se quedaron para presenciar cómo el dragón comenzó a retorcerse, intentando gemir gritos de dolor que se le quedaban estancados. Los pocos restantes se le acercaron mientras que él se revolvía en el suelo intentando salvarse. Los escasos valientes llegaron a acercarse tanto como para verle los ojos, que parecían lacrimar y pedir ayuda. Entonces, cuando alguien se iba a acercar para celebrar su próxima muerte, el dragón eruptó y chamuscó a todos los que se encontraban cerca. Luego, sin darse muchos problemas, se alejó volando para volver algún otro día a tormentar aquel pueblo desdichado. Los habitantes que sobrevivieron se quedaron, temerosos, sin hacer nada, sólo esperando que llegara el extranjero de la profecía.



