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el rinconcito de POL

Wednesday, 10 June 2009

Doña Augurios

Enclochado en: Funeral

Hoy soñé contigo, Javié, y con un pájaro grande, con alas negras y brillantes. Volaba en círculos sin caer, revoloteando en ondas, como si estuviera dibujando olas. Tú lo contemplabas desde el suelo, tenías la mirada fija en el cielo. Se te torcía el cuello y la cabeza se te desprendía mientras lo mirabas. Inclinabas tanto la vista que, mientras seguías viéndolo voltear, la piel de cuello se te desgastaba y, poco a poco, la cabeza se te escapaba. Entonces él bajaba en picada y tu cabeza se llevaba y volvía, de a ratos, y todo tu cuerpo esculcaba. No te dejó brazos, ni piernas, ni las rodillas, ni siquiera el bazo, o las costillas. Todo se llevó, el muy egoísta.
Por eso creo que grité anoche ¿no te desperté, Javié? Siempre me preocupa que me asusten en sueños y que te despierte, a ti, que trabajas tanto y nunca descansas y que además tienes ese sueño tan ligero, oye, porque a veces hasta te despiertas con los perros que pasan caminando por la calle o con una ola que pega muy duro contra la playa, ¿no, niño? Tenía hasta miedo en mi sueño que te fueras a despertar aquí en este otro mundo, porque te debió haber dolido la decapitada, o porque yo debo de haber suspirado al ver cómo te despedazaban. ¿Sabes? No creo que este mundo de los espíritus sea tan literal o tan directo como creen otras matronas, así como dice la niña Nani, la tía de tu ahija’o, tú sabe’ quién, que dice que “¿pa’ qué ponerse a darle vuelta y vuelta a los sueños, si todo son tan claros?” “Tan claros como el río” le digo yo, que creo que hay que aprender a interpretar los símbolos oníricos y saberlo hacer en contexto. Porque cada sueño es diferente ¿eh, me oíste? Porque la niña Nani seguro te va a venir a dar lata y a decir que el pájaro con el que soñé quiere decir que debes tener cuida’o, porque seguro hay alguien que quiere despedazarte y seguro va a venir a decirte que alguien quiere robarte, porque como es esa niña, siempre pensando en plata, en su chance y en sus números de la suerte, pero no, no. Niño, quizás ella tenga razón con ese pájaro en otro sueño, que alguien más se lo sueñe y quiera decir eso, pero este sueño no es así, no, yo lo sé, yo lo siento, y para hacer bien esto de contar los sueños hay que saberlos sentir. Sentir, te digo, y no me joda, que yo los sé sentir, ¿o no sentí cuando se vinieron las lluvias y se desbordó el río? ¿O cuando se subió la marea y se nos inundó la casa? ¿O cuando se dañó la cañería y nos quedamos sin agua pa’ tomar ni pa’ cocinar? ¿Ajá, no te lo acuerdas?
Y ahora no siento nada malo, te digo, Javié, nada malo. Sí, te digo que me asusté con el pajarraco ese y la sangre y tu cabeza… pero no, ahora que pienso en el sueño, no siento nada malo, éste no es tu cuervo. Yo lo que creo es que nos van a venir cosas buenas, ¿eh? Óyeme, ¡no me voltees la cabeza así que esto en serio! Sí, sí, ya sé que tienes sueño y que tú nunca me crees lo que te digo cuando yo sueño, pero es en serio, yo lo siento, lo presiento, aquí, muy dentro, me palpita al lado del corazón, como si ambos lados del pecho me estuvieran saltando. Ya te lo digo, Javié, que esto es muy grande. Pero, ¿sabe’? no creo que sea plata, al menos no de una, es otra cosa, niño, otra cosa, pero muy grande, de esa’ que cambian la vida y ¿por qué no? de pronto es que por fin alguien te va a poner cuida’o cuando toques ese bendito acordeón y te quedes callado, ahí, llorando mientras toca. Sí, de pronto es que va a llegar alguien que te deje terminar y no se burle de ti y de ese aparato. O, ¿sabes? Creo que puede ser otra cosa, que eso de que te parta en dos partes el pájaro, que te quite la cabeza, quiera decir que va a haber dos de ti, ¿ah? Dime, ¿qué tal? De repente es que va a llegar otro angelito para reemplazar al que se nos fue.
Ey, oye, no me ponga’ esa cara, niño, tú sabes que yo sé que no hay cosa que pueda reemplazar a nuestro Angelito, pero, bueno, tú sabe’ qué es lo que yo digo, que de pronto nos llega otra criatura para que la cuidemos y la tengamos y la queramos y nos distraigamos de pensar en él, para que ya no se nos cruce por la cabeza cada tres segundos.
Ay, ¿ya va’ a soltar la lágrima otra vez? Mira, mira, cálmate, Javié, que por más agua que sueltes por esos ojos, no hay nada que podamos hacer. Lo único que haces es que te arda la piel otra vez, ¿sí ves? Ven, déjame que te ponga unas matas ahí antes de que se te reseque todo otra vez. ¡Eh! Y a mí que mi papá me decía que los hombres nunca lloraban, niño, y nunca he conocido a alguien que llore tanto como tú. Ni mujeres, ni bebés, ¿me oyes? Ey, ¡Quédate quieto! Si al menos me dijeras algo, pero claro, como nunca quieres escuchar cuando te cuento de mis sueños…
Pero bueno, tranquilízate, mira que de pronto no es lo que pienso, todavía no estoy segura qué es lo que es, sólo sé que es algo grande, muy grande, ya vas a ver. Quizás es algo sobre mí, de pronto por fin me van a dejar escribir el horóscopo en el periódico y van a sacar a esa embustera de la Gloria Díaz, que no hace sino inventarse todo lo que pone ahí. O, mira, qué sé yo, de golpe es algo que no entiendo. Bueno, Javié, ¡al menos mírame cuando te digo estas cosas! Agh, yo no sé para qué te despierto si nunca me pones cuidado. Mejor vete a dormir, que yo voy a volver a soñar.

Saturday, 14 March 2009

Don Eulalio, un hombre asmático.

Enclochado en: Funeral

¿Qué quiere que le diga? He estado a punto de morirme un montón de veces; pero nunca he visto la luz al final del túnel, ni mi vida pasando frente a mis ojos, ni alguna otra de esas vainas que dicen que pasan los que nunca se han muerto. A mí, lo que me pasa es que veo puntos de colores, por todas partes. Son como remolinos, o como sifones que van atrayendo todo lo que los rodea. Y la luz que está al lado de los puntos de colores va cayendo como al caño, cuando llueve mucho, y los remolinos sobre las alcantarillas van creciendo, van creciendo tanto, hasta que unos se juntan con otros y todos terminan siendo una gran mancha borrosa que va dando vueltas hacia quién sabe qué dirección. Entonces ya no sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, ni si estoy de pie o ya me he caído, ni si alguien me está ayudando, o me estoy pudriendo solo en el suelo.
¿Alguna vez se ha enamorado? Es algo parecido. Yo sí me he enamorado y por eso le digo. ¿No le ha pasado alguna vez que ve pasar por ahí a su amada –sobre todo si ella no le corresponde sus amoríos– que después de verla pasar queda como embobado y como viendo todo de colores? A mí sí me sucedía, sí que me sucedía. Cuando estaba allá en el pueblo y veía a Marinita, entonces era cuando me sucedía. Ella caminaba con su gracia tan particular, como aplastando una hormiga a cada paso, siempre mirando hacia el suelo para no tropezarse, y yo me quedaba contemplándola fijamente, esperando que algún día levantara la mirada, me observara y me sonriera, como diciéndome “hace años que espero que me saludes”. Pero no, ella no era así. Ella siempre miraba al suelo porque no quería que la vieran, “¿para qué?” supongo que se preguntaba “si, de todas maneras, lo único que me voy a ganar con un hombre en mi vida son problemas”. Y yo creo que tenía razón, si eso era lo que de verdad creía, porque yo le habría prometido el cielo, la tierra y un palacio blanco de mármol y marfil donde nadie la molestara, pero ¿qué le íbamos a hacer? Yo sé que me la hubiera pasado detrás de ella, viendo a ver con quién era que hablaba y si le daban palabras de amor, o si se las insinuaban, porque es que una mujer tan hermosa no puede caminar por ahí tan tranquila. En cualquier caso, lo que pasaba era que cada vez que la veía, se llenaban mis ojos de colores que no estaban ahí y todo me comenzaba a dar vueltas en la cabeza. Ella me entorpecía, me volvía un idiota y cada vez –y en ese maldito pueblo las veces eran tantas– que se cruzaba por mi camino, me embobaba tanto que yo caminaba sin rumbo hasta golpearme con lo primero que se cruzara en mi camino.
Por eso le digo que esto de estarse muriendo a cada rato es lo mismo que estar enamorado, porque es como… como ¿cómo es que dice usted? Ah, sí, como un ‘éxtasis’, como salirse del propio cuerpo, pero con el mismo dolor de golpearse en la frente con una columna, o de sentir que el alma se le está tratando de escapar por la garganta, ¿sí me entiende? Bueno, no sé si me explique bien, ya le digo que es que hay que haber estado enamorado para saber lo que es estar enfermo. Y enfermo de esto que me ha hecho caer en este lecho de muerte ya tantas veces que me han puesto los santos óleos como tres o cuatro veces. Usted no se imagina cómo es esto, digo, esto de los ataques, lo que le decía de no saber si uno está vivo y muerto y, luego de tener una pantalla lluviosa, como esa de los televisores cuando no entra la señal, despertarse aquí, con el padre despidiéndolo hacia el otro mundo. Porque ¿qué hace uno ahí? ¿Decirle al padre “muchas gracias, pero hoy no requiero de sus servicios”? ¿Y uno qué va a saber? De pronto hasta se levantó sólo para ver el mundo una última vez y sí necesita que lo unten o lo unjan, o como se diga. Yo siempre me quedaba callado mientras el padre me preparaba para que el alma me dejara y, cuando acababa, le daba las gracias y le decía “qué bueno que vayamos cogiendo práctica, para que cuando me muera de verdad la ceremonia salga perfecta”. Él se reía y me daba la bienvenida de vuelta al mundo de los vivos.
Pero, ¿sabe qué era lo que yo hacía? Yo me imaginaba que me moría de verdad, que no me aguantaban más los pulmones y que exhalaba mi último aliento, pero que no venía el padre a darme la despedida, sino que allí estaba Ella, Marinita, y le voy a decir que escribiría ese Ella con mayúscula, como en el libro del patán ese que me prestó el otro día, porque yo la amo tanto como él a Ella, y porque yo quiero que sea Ella como la Virgen, como una Diosa que me despida, que me mire fijamente a los ojos y me diga “Por fin podemos hablar”.






















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